En el reciente Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el secretario de Comercio estadounidense, Howard Lutnick, ofreció un comentario ácido sobre el acuerdo comercial limitado firmado por Canadá con China. Según Lutnick, la decisión del primer ministro canadiense, Mark Carney, de acercarse a China podría comprometer gravemente la posición negociadora de Canadá en futuras discusiones con Estados Unidos.
Lutnick cuestionó la lógica de este acuerdo, resaltando que no tiene sentido esperar que China abra su economía a las exportaciones canadienses. En sus palabras: “¿Crees que China va a abrir su economía para aceptar exportaciones de Canadá? Es la cosa más absurda que he visto”. Este tipo de afirmaciones revela la tensión subyacente en las relaciones comerciales entre Canadá y sus vecinos del sur, especialmente en un contexto donde ambos países se preparan para revisar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
El 18 de diciembre, Carney había anunciado el inicio de conversaciones con Estados Unidos para revisar el T-MEC, y mencionó que Dominic LeBlanc, representante comercial de Canadá, comenzaría reuniones formales con Jamieson Greer, su contraparte estadounidense. Este diálogo se produce en un escenario ya complicado por el reciente acuerdo entre Canadá y China, que incluye la importación de hasta 49,000 vehículos eléctricos chinos, aumentando a 70,000 en cinco años, a cambio de una reducción significativa de los aranceles sobre la canola canadiense.
Los negociadores canadienses obtuvieron la promesa de China de disminuir sus aranceles de represalia sobre la canola de un exorbitante 85% a aproximadamente el 15% para el 1 de marzo. Este acuerdo contrasta drásticamente con los aranceles del 100% impuestos por Estados Unidos a los vehículos eléctricos chinos, así como las tarifas variables que la Unión Europea aplica a distintas marcas.
Lutnick rechazó la estrategia de Carney como mera “ruido político” y advirtió que este acercamiento a China podría aumentar el riesgo de complicaciones durante la revisión del T-MEC. Al ser interrogado sobre si las tácticas de la administración Trump podrían incomodar a otros aliados como los europeos, Lutnick sugirió que Canadá estaba siendo “arrogante” al manejar la situación.
Carney, por su parte, ha planteado que el orden mundial basado en normas se está desmoronando, instando a las potencias medias a unirse frente a las crecientes rivalidades entre grandes poderes. Su reciente viaje a Pekín le permitió calificar a China como un socio comercial “más predecible” que el propio Estados Unidos, afirmaciones que Lutnick rechazó categóricamente, argumentando que no consideraron adecuadamente la realidad económica de una nación que interactúa con una economía de 30 billones de dólares como la estadounidense.
Este panorama pone de manifiesto las complejidades y desafíos que enfrenta Canadá en su intento por equilibrar relaciones comerciales con dos potencias globales mientras navega las aguas turbias de la negociación política y económica.
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