Durante años, la cumbre del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, había sido objeto de críticas. Muchos la percibían como un evento elitista, ajeno a la realidad global, donde los líderes se enredaban en discursos complacientes sobre la globalización, sin abordar las verdaderas inquietudes del mundo. Sin embargo, en 2026, esta percepción cambió radicalmente. Este año, el foro no solo recuperó su relevancia, sino que se convirtió en un espacio donde se discutieron abiertamente los desafíos del sistema internacional.
La participación de líderes como el Primer Ministro canadiense, Mark Carney, fue un claro ejemplo de este nuevo enfoque. Carney no dudó en señalar que durante años se había vivido en una “ficción cómoda”, en la que el sistema basado en reglas presentaba profundas deficiencias que necesitaban ser abordadas. Su llamado a las “potencias medias” para que desempeñen un papel más activo en la definición del nuevo escenario global resonó con fuerza, reflejando un deseo de cambio y adaptación ante la nueva realidad.
Desde una perspectiva diferente, el ex Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, utilizó su tiempo en Davos para reafirmar su visión pragmática y directa. Subrayó que, bajo su liderazgo, Estados Unidos ve la economía y el comercio como herramientas de poder, enfatizando que la seguridad nacional de su país prevalece sobre cualquier otra responsabilidad.
El sector empresarial también marcó un hito importante. Jensen Huang, CEO de Nvidia, advirtió sobre la creciente interconexión entre tecnología, inteligencia artificial y geopolítica. Sus palabras subrayaron que las decisiones de inversión y desarrollo tecnológico están intrínsecamente ligadas a rivalidades estratégicas y preocupaciones de seguridad nacional.
Este contexto marcó un cambio significativo: aunque el sistema internacional de comercio y economía sigue vigente, la comodidad que había permitido reconciliar discursos de apertura comercial con prácticas proteccionistas ha llegado a su fin. La retórica ambigua que alguna vez predominó se ha agotado, y ahora los países se sienten más cómodos al expresar sus verdaderas posturas.
En este marco, la representación de México fue relativamente modesta. Aunque no se dudó de la capacidad técnica de su delegación, se sentía que el liderazgo de la Presidenta Claudia Sheinbaum era especialmente necesario en un entorno donde las reglas del juego se están redefiniendo. Su presencia en Davos podría haber enriquecido la conversación, particularmente en una época crítica marcada por la revisión del T-MEC y presiones crecientes desde Washington.
El Foro de Davos no ofrece soluciones directas ni sustituye a la diplomacia formal, pero cumple una función clave: marcar el tono para el año. En 2026, ese tono se ha vuelto más áspero, más político y menos indulgente. Aunque México sigue poseyendo activos valiosos, observar desde la orilla en este nuevo contexto puede convertirse en una estrategia costosa.
La cumbre de este año se perfila como un puente hacia un futuro donde la franqueza y el realismo permanecerán en el centro del diálogo internacional. La agenda global está cambiando, y estos encuentros como el de Davos son cruciales para comprender y adaptarse a esa transformación.
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