En el paisaje político actual de Estados Unidos, surgen interrogantes cruciales acerca de por qué quienes se identifican como fervientes cristianos suelen oponerse a los derechos humanos. A menudo actores clave en el sistema político, estas figuras no solo ignoran la igualdad, sino que también fragmentan la dignidad de los migrantes. Las declaraciones de líderes, como el ex presidente Donald Trump y su asesor Stephen Miller, sugieren que el mundo se rige por la fuerza, evocando una cosmovisión que no sorprende a quienes comprenden las raíces del pensamiento judeocristiano que fundamenta la civilización occidental.
Esta cosmovisión, que se nutre de tradiciones griegas, romanas y asiáticas, presenta dos significados coexistentes: uno que aboga por la obediencia incondicional a los gobernantes, que, alegan, actúan bajo un mandato divino, y otro que aboga por la ley y la igualdad. La interpretación de que la autoridad se sustenta por la capacidad de imponer poder ha sido corriente durante siglos y encuentra eco en las reflexiones contemporáneas de figuras como Miller. Sin embargo, esta interpretación es una distorsión de las enseñanzas fundamentales que delimitan la separación entre lo humano y lo divino.
El concepto de cosmogonía emerge como un conjunto de creencias que forma la base de la moral y las normas sociales. Tradicionalmente, el Antiguo Testamento ha sido fuente de justificaciones para el trato desigual hacia el diferente. Así, pasajes como el de Romanos 13:1-2 se interpretan en apoyo a la sumisión ante autoridades, mientras que otros fragmentos del evangelio abogan por la inclusión y el respeto hacia el extranjero. Este contraste entre el poder y la ley revela la lucha entre dos visiones del mundo: una que abraza la jerarquía y otra que resalta la igualdad y los derechos universales.
El desafío contemporáneo radica en preservar esta segunda interpretación, que contrarresta el ascenso de un poder entendido como dominio personal. Al privilegia la fuerza sobre la ley, la cultura corre el riesgo de desarrollar un orden social en el que la supervivencia y la dignidad humana queden relegadas. Este conflicto cultural se complica aún más por la lucha de género, donde la noción del “hombre fuerte” podría implicar un retroceso en avances sociales logrados por las mujeres, quienes, a menudo, han tenido que ingresar al mercado laboral para sostener a sus familias.
A medida que las potencias globales contemporáneas poseen armamento destructivo, la idea de que el más fuerte prevalecerá resulta no solo ilusoria, sino peligrosa. La realidad actual nos plantea una pregunta fundamental: ¿ganarán aquellos que visionan un mundo dominado por la fuerza, o prevalecerá la idea de la ley y la igualdad como pilares de una civilización justa? En 2023, la defensa de estos principios podría ser más vital que nunca, abriendo la puerta a la posibilidad de un futuro donde coexistencia y dignidad marquen el camino a seguir.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


