Un nuevo cierre parcial del gobierno de Estados Unidos parece inevitable, tras el fracaso de un proyecto presupuestario relevante en el Senado. Este colapso legislativo se enmarca en un clima de indignación por los recientes acontecimientos en Mineápolis, donde dos manifestantes, opuestos a las políticas migratorias intensificadas por la administración de Donald Trump, perdieron la vida.
Este nuevo “shutdown” no es un evento aislado; de hecho, sería el segundo desde que Trump asumió nuevamente la presidencia hace un año. El paquete de gasto que se había presentado, compuesto por seis proyectos de ley, es esencial para financiar más de tres cuartas partes del gobierno federal. Sin embargo, la falta de consenso ha puesto a los 53 senadores republicanos en una posición precaria: necesitaban al menos 60 votos para avanzar en la legislación, lo que claramente no lograron.
En medio de esta crisis, tanto la Casa Blanca como los demócratas buscaban un acuerdo de última hora. La atención más crítica se centró en la financiación del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), con la cual los demócratas exigen que se implementen reformas que salvaguarden la operación de la Oficina de Inmigración y Aduanas (ICE). Esta agencia, encargada de realizar redadas con fines de deportación, ha sido objeto de fuertes críticas, especialmente luego de los recientes incidentes de violencia.
La situación se complicó aún más cuando los demócratas, en un intento de bloquear el avance de la propuesta de presupuesto, manifestaron su disposición a aprobar cinco de los seis apartados del proyecto. Sin embargo, exigieron separar el último apartado, relacionado con el DHS, para su debate y posible modificación. Esto implica que, si no se llega a un acuerdo antes de la medianoche del viernes, se podría desencadenar un parón en los servicios gubernamentales.
El reloj avanza y Washington se prepara para una potencial crisis. En un consejo de ministros, Trump expresó su esperanza de llegar a un compromiso que evite una paralización total. Si la financiación caducara, cientos de miles de empleados públicos podrían ser enviados a casa o obligados a trabajar sin remuneración.
La escena se desarrolla en un contexto de creciente tensión política, donde las voces en contra de la brutalidad policial y las políticas migratorias extremas están resonando con fuerza. La historia reciente ha puesto en relieve el impacto humano de estas decisiones y ha llevado a muchos a cuestionar la moralidad de la respuesta del gobierno federal ante la crisis migratoria.
El desenlace de este conflicto en el Capitolio es incierto, pero las consecuencias de un cierre gubernamental serían profundas, afectando no solo a los empleados públicos, sino también a innumerables ciudadanos que dependen de los servicios del gobierno. La presión está creciendo y el tiempo se agota; el futuro del gobierno y la dirección que tomará su política migratoria están en juego.
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