En Justicia Cotidiana solemos hablar de derechos, de leyes y de justicia, pero hoy toca poner sobre la mesa un tema que, aunque suena técnico, se vive todos los días en muchas casas y casi siempre en silencio: la violencia vicaria. Y no, no tiene nada que ver con “vecinos”, ni con “vicarías”, ni con pleitos por el control de la televisión. Es algo mucho más serio.
La violencia vicaria ocurre cuando una persona agrede a su expareja utilizando a terceros como instrumento de daño, principalmente a las hijas o hijos. Es decir, “como no puedo lastimarte directamente, te lastimo donde más te duele”. Así de crudo. Así de real.
Para decirlo en palabras sencillas: no es un pleito de adultos mal llevado, es una estrategia de control y castigo. Y aunque en la mayoría de los casos las víctimas directas son mujeres, las víctimas invisibles suelen ser los infantes, es decir, las niñas y los niños, usados como fichas de ajedrez en una partida que nunca pidieron jugar.
Pongámoslo con un ejemplo cotidiano (y ligeramente chusco, para que se entienda). Imagínese que la relación terminó, pero el conflicto no. Entonces uno de los padres decide “olvidarse” de pagar la pensión, no porque no tenga dinero, sino “para que aprenda”. O de pronto cancela las visitas, bloquea llamadas, desaparece del mapa y luego reaparece exigiendo derechos que no quiso ejercer con responsabilidades. No es despiste, no es mala organización: es violencia vicaria.
Otro ejemplo muy común: el padre o madre que le dice al niño frases como “tu mamá no quiere que te vea” o “si tu papá te quisiera, ya habría venido”. El menor no entiende de divorcios, pero sí entiende de culpas. Y ahí está el daño, entregado como paquete exprés, directo al corazón del otro progenitor.
También está la versión “legalista”, esa donde se usan juzgados, denuncias falsas o trámites interminables como armas. No para buscar justicia, sino para desgastar emocional, económica y psicológicamente al otro. Algo así como decir: “si no puedo controlarte en casa, te controlo en tribunales”. Y no, eso tampoco es ejercer derechos, eso es ejercer violencia.
La violencia vicaria no siempre grita, muchas veces susurra. Se esconde en excusas, en silencios, en retrasos, en promesas incumplidas. Se disfraza de “es por el bien del niño”, cuando en realidad el interés superior del menor es el primero que se pisotea.
Lo peligroso es que durante años este tipo de violencia fue normalizada. Se decía: “son cosas de divorcios”, “así son las separaciones”, “los niños se acostumbran”. Spoiler legal: no se acostumbran. Lo que hacen es cargar heridas que luego pagan en la adolescencia o en la adultez.
Hoy, afortunadamente, la violencia vicaria ya está reconocida en varias legislaciones como una forma de violencia familiar y de género. Pero el reconocimiento legal no sirve de mucho si como ciudadanos no sabemos identificarla. Porque nadie puede defenderse de lo que no sabe que existe.
Por eso debemos estar alertas. Si usted nota que su expareja utiliza a sus hijos para manipularle, castigarle o controlarle; si hay amenazas del tipo “no los volverás a ver”; si hay interferencia constante en la convivencia, alienación, incumplimiento intencional de obligaciones o uso de procesos legales como venganza, no es casualidad, es violencia vicaria.
Y aquí el mensaje es claro: no hay que minimizarlo, ni aguantarlo “por los niños”. Precisamente por los niños es que hay que actuar. Buscar apoyo legal, psicológico y, cuando sea necesario, denunciar. La justicia también empieza cuando dejamos de normalizar lo injusto.
Porque el amor no controla, no castiga y no usa a los hijos como mensajeros del rencor. Y la violencia, aunque llegue disfrazada de trámite, de silencio o de “buena intención”, sigue siendo violencia.
Identificarla a tiempo no solo es un acto de defensa personal, es un acto de responsabilidad social. Y eso, queridas y queridos lectores, también es hacer justicia, pues la justicia no solo es teoría, es vida cotidiana.


