La inversión en México no está huyendo del país; está huyendo del desorden. En el reciente foro de Davos, el foco estuvo en la necesidad de coordinar la complejidad del sistema federal y digitalizar los permisos para acelerar la inversión. Aunque esta es una parte del puzzle, el verdadero desafío que determinará la capacidad de México para atraer inversión para 2026 es mucho más profundo. El país aún no ofrece los elementos básicos que cualquier capital productivo exige: seguridad, energía suficiente y reglas claras.
La inseguridad en México no se puede clasificar simplemente como un “desafío”; es un costo tangible que afecta a las empresas en múltiples aspectos. La extorsión, el robo, los bloqueos y el control territorial elevan los seguros y ralentizan la logística, lo que a su vez genera congelamiento en las decisiones de inversión. Puede haber iniciativas para promover “vocaciones regionales” y “zonas de especialización”, pero si una empresa no puede mover su mercancía sin riesgo o debe enfrentar pagos ilegales, cualquier estrategia resulta irrelevante. Sin seguridad, la inversión sostenible se convierte en un sueño inalcanzable.
En lo que respecta a energía, los discursos sobre el “enorme potencial” en renovables y transición energética son atractivos, pero la falta de capacidad instalada, infraestructura de transmisión, reglas de interconexión y certidumbre regulatoria impiden que ese potencial se materialice. Los inversionistas buscan financiar proyectos viables, y para ello necesitan un marco regulatorio estable, permisos accesibles y un árbitro confiable. Un sector energético que opera bajo señales contradictorias y con una prioridad política que eclipsa la eficiencia reduce el potencial a meras palabras.
Las instituciones también juegan un papel crucial. Durante el foro se mencionó la macroestabilidad y la independencia del banco central, pero un entorno económico sólido va más allá de la autonomía monetaria. Los inversionistas necesitan tribunales que resuelvan disputas ágilmente, reguladores que actúen con transparencia, contratos que se respeten y un Estado que no utilice la ley como herramienta de presión. Cuando el terreno legal es inestable, los inversores optan por el camino más seguro, es decir, se marchan a lugares donde la seguridad jurídica es un hecho.
Asimismo, se planteó la posibilidad de reducir el tiempo necesario para aterrizar inversiones de 2.7 años a solo un año. Sin embargo, esta cifra no sólo representa un avance en la tramitología, sino también en la gobernanza. Existen municipios con incentivos mal diseñados, gobiernos estatales desalineados y oficinas que no cooperan, lo cual dificulta la gestión de permisos, que a menudo se convierten en moneda de cambio. La automatización no es suficiente si no se erradica la discrecionalidad; la homologación no es efectiva si no se combate la corrupción. La mera creación de nuevas entidades gubernamentales no resuelve el problema si el sistema sigue fomentando prácticas como “te ayudo si…”
En Davos, se aplaudió el aumento del salario mínimo como un motor para el mercado interno. Sin embargo, la gran pregunta es cómo sostener ese impulso si la productividad no crece al mismo ritmo. En la economía real, los salarios se incrementan de manera saludable cuando hay un aumento en la productividad por trabajador. Si no hay crecimiento en la producción, los aumentos salariales pueden generar fricciones, como un alza en los costos, mayor informalidad o pérdida de poder adquisitivo debido a la inflación.
También se discutió la ambición de crear un ecosistema tecnológico mexicano con bancos de desarrollo, centros de datos y laboratorios de inteligencia artificial. No obstante, es esencial recordar que no se logra construir un sector tecnológico competitivo sin las certezas básicas que el país debe garantizar. La economía digital demanda energía confiable, buena conectividad, talento, financiamiento, protección de propiedad intelectual y regulaciones claras, además de un entorno donde los emprendedores no sientan que su éxito depende de la buena voluntad de los reguladores.
En resumen, el discurso de Davos presenta una imagen de México capaz de liderar una nueva ola de globalización, pero la realidad de 2026 enfrenta una disyuntiva más cruda: o se corrigen las deficiencias en seguridad, energía e instituciones, o el país seguirá ofreciendo promesas mientras las inversiones se esfuman. Aunque se pueden enumerar logros y rankings, la inversión productiva no se deja seducir por discursos vacíos; busca certidumbre y un entorno donde pueda florecer, pues hay mucho en juego entre las cifras brillantes y la realidad de los bolsillos vacíos.
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