Muchos pacientes llegan a la consulta cargando emociones que los desbordan. Una mujer, por ejemplo, se sentó frente a su doctora temblando, con lágrimas en los ojos, y expresó: “Doctora, siento que me voy a morir. Como si me hubieran arrancado una parte de mí”. La causa de su angustia no fue un mero desacuerdo marital, sino el descubrimiento de mensajes en el celular de su esposo, donde encontró una intimidad que creía exclusiva de su matrimonio.
Este tipo de experiencia no es solo un contratiempo en la relación; es un evento profundo que involucra aspectos psicológicos, neurobiológicos y existenciales. La infidelidad va más allá de la simple ruptura de un acuerdo emocional. Esta situación desregula el cerebro y desorganiza el apego que une a las parejas.
Hablando de acuerdos, la infidelidad puede manifestarse de muchas maneras. No siempre involucra encuentros físicos; a menudo se trata de conversaciones secretas o de energías emocionales que se desvían hacia otra persona. La ruptura de un acuerdo, explícito o implícito, trae consigo una crisis que afecta no solo a quien fue traicionado, sino también a quien traiciona.
Desde una perspectiva histórica y cultural, la monogamia no ha sido la norma en todas las sociedades. Según estudios de antropólogos como Helen Fisher, el ser humano cuenta con tres sistemas que rigen las relaciones: el deseo sexual, el amor romántico y el apego. Estos sistemas pueden activarse de manera independiente. El deseo de novedad puede entrar en conflicto con la necesidad de estabilidad emocional, creando tensiones en las relaciones modernas, donde se espera que una única persona satisfaga múltiples roles: amigo, amante y compañero de vida.
Este exceso de expectativas puede ser abrumador. La búsqueda de novedad, impulsada por la dopamina, puede llevar a una búsqueda de sensaciones intensas, especialmente en momentos de insatisfacción o desconexión emocional. Así, muchas infidelidades ocurren en etapas de crisis personal o desgaste relacional.
La traición, además, activará circuitos cerebrales que relacionan la experiencia emocional con el dolor físico. Sentirse traicionado puede desencadenar síntomas que imitan respuestas traumáticas: insomnio, pérdida de apetito y rumiaciones constantes. Para quienes sufren esa traición, la ruptura de la narrativa personal que construyeron sobre el amor puede ser devastadora.
Es importante mencionar que el traidor no siempre se presenta como un villano sino como una persona compleja, frecuentemente atrapada en la contradicción de amar a su pareja y buscar reencuentros con una parte perdida de su identidad.
En los últimos años han surgido nuevas formas de relación, como el poliamor y las relaciones abiertas, que no se consideran infidelidad siempre que se basen en acuerdos explícitos y consentimiento informado. Sin embargo, incluso en estas estructuras, la necesidad de seguridad emocional persiste. La libertad sin regulación puede generar ansiedad y celos.
A medida que la sociedad evoluciona, la forma en que las personas se relacionan también cambia, expuestas a estímulos constantes que afectaban su búsqueda de conexión. La investigación sobre la psicoterapia asistida con psicodélicos, particularmente el uso de MDMA para tratar traumas relacionados con la traición, ha abierto un nuevo campo en la terapia de pareja. Este enfoque puede ayudar a restaurar el vínculo emocional y facilitar diálogos vulnerables.
La fidelidad no es simplemente un ideal morales; es una práctica que implica comunicación abierta, autoconocimiento y, en ocasiones, apoyo profesional. El amor requiere más que dopamina; necesita presencia, y esta no se genera por sí sola. Siguiendo el deseo de entender y comunicar mejor nuestras experiencias emocionales, se abren puertas a nuevas posibilidades en el conocimiento de las relaciones humanas.
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