En Caracas, la angustia y la determinación se entrelazan en la vida de varias mujeres que, con el peso de la desesperación a cuestas, llevan tres días en huelga de hambre para exigir la liberación de presos políticos, un reclamo que ha resonado con fuerza en la sociedad venezolana. Este movimiento de protesta tiene lugar en un contexto marcado por la reciente aprobación de un proceso de excarcelación que, si bien ha logrado liberar a algunos detenidos, aún deja a muchos en la incertidumbre.
El 8 de enero de 2026, el gobierno de Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela, anunció un plan para liberar a un número indeterminado de prisioneros políticos, en parte motivado por la presión internacional tras el derrocamiento de Nicolás Maduro. Sin embargo, las excarcelaciones continúan siendo insuficientes para satisfacer las demandas de los familiares, quienes se han congregado en las afueras de las cárceles desde hace más de un mes. Una de las huelguistas, Evelin Quiaro, de 46 años, compartió su experiencia de debilidad y cansancio, indicando que su sufrimiento es parte de una lucha que consideran necesaria.
La huelga comenzó al amanecer del 14 de febrero, donde un grupo de diez mujeres se ha instalado frente a los calabozos de la Policía Nacional en Caracas, demandando justicia y libertad para sus seres queridos. Dentro de esos calabozos se estima que hay alrededor de 60 detenidos políticos, muchos de los cuales están también en huelga de hambre. “Vale la pena”, afirma Quiaro, a pesar de que el desgaste físico y emocional es evidente en sus rostros cansados.
La situación se agrava con la falta de atención médica adecuada y la precariedad de las condiciones en las que las mujeres realizan su protesta. El médico Rafael Arreaza, quien asiste a las huelguistas, advierte sobre los riesgos de la huelga de hambre, enfatizando que la situación es peligrosa debido a las condiciones externas en las que se encuentran. A pesar de estos peligros, las mujeres continúan su lucha, cerrando el paso a agentes que intentan llevar comida a los guardias del centro de detención, afirmando que si sus familiares no pueden comer, ellos tampoco deberían.
Desde el exilio, el opositor Edmundo González Urrutia expresó su apoyo a estas familias, recordando que detrás de cada preso político hay una familia que resiste y que su dolor se vuelve un motor para la lucha. A pesar de las promesas gubernamentales, cientos de detenidos permanecen en prisión y la ley de amnistía, que podría beneficiar a muchos, sigue sin ser aprobada a pesar de su discusión programada para el 19 de febrero.
Mientras tanto, las mujeres continúan enfrentando la adversidad con valentía, transmitiendo un mensaje claro: su lucha por la libertad de sus seres queridos no cesará. Con más de 600 presos políticos en Venezuela y solo unas pocas excarcelaciones, la ansiedad y la desesperación crecen cada día entre las familias afectadas que claman por justicia. Este es un drama humano que, en su trasfondo, revela la fragilidad de una nación en crisis, atrapada entre la lucha política y un anhelo colectivo de libertad y dignidad.
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