La pandemia global de COVID-19 reveló una fragilidad crítica en la cadena de suministro de semiconductores, un sector estratégico que impulsa la mayoría de los dispositivos electrónicos en nuestra vida diaria. La producción de chips está concentrada en un puñado de países—principalmente Taiwán, Corea del Sur y los Países Bajos—lo que dejó a la industria vulnerable cuando la demanda de electrónicos se disparó y las fábricas se vieron obligadas a cerrar en 2020. Este desabastecimiento de chips, que tardó más de dos años en resolverse, resultó en pérdidas millonarias para sectores que van desde la automoción hasta los electrodomésticos, evidenciando la necesidad de diversificar la producción.
Frente a esta situación, México ha delineado un ambicioso Plan México, que sitúa a los semiconductores como un sector estratégico. Entre los objetivos se encuentra la reducción del 10% en la dependencia de componentes clave como sensores y controladores para vehículos eléctricos, así como la duplicación de la proveeduría local. Además, se prevé relocalizar operaciones de ensamble, prueba y empaquetado con inversiones de hasta 10,000 millones de dólares. Sin embargo, la verdadera cuestión radica en identificar los obstáculos que impiden alcanzar estas metas.
El reciente reporte de la OCDE, titulado “Promoting the Growth of the Semiconductor Ecosystem in Mexico”, se adentra en los desafíos específicos que enfrenta el país en el desarrollo de esta industria. No obstante, el diagnóstico es alentador. México cuenta con activos significativos: acceso preferencial al mercado estadounidense a través del T-MEC, una robusta base manufacturera en los sectores electrónico y automotriz, y centros de investigación reconocidos, como el INAOE y el Cinvestav, que poseen capacidades en diseño de chips. La demanda interna es igualmente prometedora, con sectores como el automotriz y de centros de datos que dependen intensamente de los semiconductores.
El informe identifica tres cuellos de botella interrelacionados que obstaculizan el progreso. El primero es la infraestructura: las plantas de semiconductores requieren grandes cantidades de electricidad y agua, recursos que la región norte del país nunca ha necesitado en tal escala. La respuesta del gobierno incluye nuevas regulaciones y una variedad de proyectos de inversión pública y privada destinados a cerrar esta brecha. El segundo obstáculo es el talento; aunque México forma muchos ingenieros, hay escasez de aquellos con perfiles específicos—como diseñadores de chips y especialistas en manufactura de precisión—que son altamente demandados en el exterior. Para abordar esta brecha, se han iniciado esfuerzos para actualizar los planes de estudio en colaboración con el Consejo para la Transformación Productiva y la Innovación. Por último, la falta de capacidades de manufactura front-end, necesaria para la producción de obleas de silicio, mantiene a México en eslabones de menor valor agregado dentro de la cadena. La relocalización de operaciones es la estrategia propuesta para superar este desafío.
En suma, el reporte de la OCDE llega en un momento crucial. México no solo tiene la ubicación geográfica y los activos necesarios, sino que también, por primera vez en un largo periodo, cuenta con una agenda industrial claramente definida que alinea sus objetivos hacia un futuro más resiliente en el sector de los semiconductores. El siguiente paso es pasar de la teoría a la práctica y hacer realidad estas ambiciosas metas.
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