El legado de doña Josefa Ortiz de Domínguez es un ejemplo notable de valentía y determinación en la búsqueda de la independencia de México. Nacida el 8 de septiembre de 1768 en Valladolid, hoy conocida como Morelia, fue hija de Juan José Ortiz y Manuela Girón, ambos españoles de clase media. La temprana muerte de sus padres la llevó a la tutela de su hermana mayor, con quien se trasladó a la capital del virreinato. Aquí, Josefa inició su educación en el Colegio de San Ignacio, pero su vida dio un giro trascendental al comenzar su relación con Miguel Domínguez, un abogado de la Ciudad de México.
En 1802, la pareja se estableció en Querétaro, donde Domínguez ocupaba el cargo de corregidor. Josefa se destacó pronto en su comunidad por su carisma y habilidades de liderazgo, ganándose el apodo de “La Corregidora”. En medio de los conflictos políticos en Europa, que afectaron también a las colonias, su conciencia social le permitió entender que la lucha por la libertad era inminente. A finales de 1808, las tensiones crecían en Nueva España, especialmente tras la aprehensión del virrey Iturrigaray por parte de Gabriel Yermo, lo que sembró la semilla de la insurrección.
Por 1809, las ideas de libertad estaban en pleno apogeo. En Querétaro, los movimientos a favor de la independencia comenzaron a tomar forma en tertulias y reuniones secretas, muchas de las cuales se llevaban a cabo en la casa de los Domínguez Ortiz. Josefa, con su pasión y determinación, transformaba estas juntas en lo que aparentaban ser “sesiones artísticas”. Sin embargo, esta actividad no pasó desapercibida y pronto atrajo la atención de las autoridades.
El 14 de septiembre de 1810, Josefa recibió la devastadora noticia de que su conspiración había sido descubierta. Pese a la captura de su marido y su reclusión, su espíritu combativo no se apagó. Utilizando su ingenio, logró alertar a los insurgentes, lo que facilitó que el cura Miguel Hidalgo iniciara el grito de independencia en la madrugada del 16 de septiembre de 1810.
Las consecuencias no tardaron en llegar. Tras ser detenida, Josefa fue acusada de incitar a la rebelión y fue tratada como una traidora. Posteriormente, fue trasladada a varios conventos de la Ciudad de México, donde su salud mental fue cuestionada por sus carceleros. Finalmente, en 1817, recuperó su libertad, aunque se negó a aceptar cualquier tipo de reconocimiento o recompensas.
Josefa Ortiz de Domínguez, quien falleció el 2 de marzo de 1829, dejó un legado de lucha y sacrificio que continúa inspirando a generaciones. A menudo olvidada en la historia oficial, su papel como heroína de la independencia mexicana merece ser recordado y conmemorado. Aunque no recibió homenajes en vida, su contribución a la causa libertaria sigue resonando en el imaginario colectivo de México.
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