Nicolás Maduro, El Mencho, Irán y el complejo panorama de Medio Oriente son temas que dominan los titulares actuales, pero en medio de estos debates, el clima se mantiene como un actor silencioso pero devastador. México vivió un febrero extremadamente seco, marcando el mes más árido desde 1953, con una temperatura récord de 42 grados en Ojinaga, Chihuahua. En contraste, en otras partes del mundo, como Estados Unidos, se experimentaron tormentas invernales severas y temperaturas que descendieron a más de 15 grados bajo cero. Mientras tanto, España registró su nivel más alto de lluvias en 25 años, afectando gravemente la agricultura, con 25,000 hectáreas de tierras arruinadas y complicaciones en el suministro de pimientos y pepinos hacia Europa.
El clima de 2026 parece seguir la tendencia alarmante de sus predecesores, anticipando un año de extremos calóricos. Los expertos advierten sobre la posible aparición del fenómeno de El Niño en el segundo semestre, lo que podría garantizar otro récord en las temperaturas globales. Datos de la Organización Meteorológica Mundial revelan que entre 2016 y 2025, se han vivido los diez años más calurosos de la historia, asunto que no puede ser ignorado.
En México, el inicio del año comenzó con precipitaciones escasas, con solo 6.9 milímetros acumulados en febrero, un 63% menos del promedio del periodo 1991-2020. De enero a marzo, la lluvia se situó un 24% por debajo de lo habitual. Este panorama plantea una pregunta crucial: ¿el 2026 se asemejará al excepcional 2025, un año que trajo lluvias que ayudaron a aliviar tres años de sequía severa? Aunque el 2025 trajo esperanza, con la recuperación de presas y el fin de la sequía en más de 2,000 municipios, solo el 7.4% del país yacía bajo sequía a inicios de 2026, con la región noroeste, incluyendo Coahuila y Durango, enfrentando las peores condiciones.
La conversación climática puede parecer desentonada en un contexto plagado de geopolítica y crimen organizado, pero ignorar los riesgos de eventos climáticos extremos es un error fatal. Estos fenómenos afectan no solo la salud pública y la producción de alimentos, sino también la infraestructura y los servicios urbanos. El Foro Económico Mundial ha ubicado a estos riesgos climáticos en la tercera posición de su lista de preocupaciones globales para 2026, justo detrás de la confrontación geoeconómica y los conflictos armados.
Para México, un factor de riesgo adicional emerge del Presupuesto de Egresos de la Federación, donde los recursos destinados a combatir el cambio climático han disminuido en un 1.2% respecto a 2025. Aunque se destinarán 212,569 millones de pesos a esta causa, el presupuesto incluye elementos discutibles, como inversiones en el Tren Maya, consideradas erróneamente como esfuerzos de mitigación climática. Además, la conservación de áreas naturales protegidas recibirá su menor presupuesto en más de dos décadas.
En este contexto, la sensación de calor o sed se convierte en una metáfora de la inquietante realidad del 2026. Las advertencias sobre el clima son más urgentes que nunca; la verdad es ineludible, con el futuro de nuestra salud, agricultura y recursos hídricos en juego. Aunque no estemos en Caracas, Tapalpa o Teherán, las consecuencias del cambio climático se sienten aquí y ahora.
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