Desde la noche del viernes, se materializó una situación que se venía anticipando durante meses: la coalición entre Estados Unidos e Israel llevó a cabo un ataque en Irán que resultó en la eliminación casi inmediata de su liderazgo. Este acontecimiento ha suscitado intensos debates sobre las posibles repercusiones en los mercados energéticos, así como en la economía global, sobre todo a raíz del eventual cierre del estrecho de Ormuz.
Irán, por su ubicación geográfica y sus vastos recursos, juega un papel crucial en el sistema energético mundial. Posee entre 200,000 y 210,000 millones de barriles de reservas de petróleo probadas, situándose entre las tres o cuatro mayores del planeta, según el método utilizado para su medición. A diario, la nación produce aproximadamente entre 3.1 y 3.5 millones de barriles. Sin embargo, su verdadero poder radica en su posición geográfica estratégica, ya que controla la costa norte del estrecho de Ormuz. Por este canal, transitan diariamente 20 millones de barriles, lo que representa alrededor del 20% del consumo total de petróleo a nivel mundial, además de aproximadamente una quinta parte del comercio global de gas natural licuado, mayormente proveniente de Qatar.
Pero el problema al que nos enfrentamos no es meramente militar o naval. La decisiva acción se tomó en Londres, y no en Teherán. La simple amenaza iraní de cerrar el estrecho fue suficiente para que siete de los doce P&I Clubs, consorcios que aseguran el 90% del comercio marítimo mundial, decidieran cancelar la cobertura de riesgo de guerra en el Golfo Pérsico con apenas 72 horas de antelación. Sin esta cobertura, los barcos se vuelven “comercialmente muertos”; ningún puerto los aceptará, ningún propietario de carga los fletará y ningún banco financiará su travesía.
El 1 de marzo, 138 embarcaciones cruzaron Ormuz; al día siguiente, ese número se desplomó a solo 28. No fue Irán quien bloqueó el tránsito, sino una simple hoja de cálculo en Londres. Aunque China, que tiene un acuerdo de cooperación de 400,000 millones de dólares con Irán y compra el 80% de su petróleo exportado, puede presionar al país, su influencia es mucho menor sobre las compañías aseguradoras de Londres.
La respuesta de la economía global ha sido inmediata. Ante la situación de “fuerza mayor” en Catar, los precios del gas natural licuado (LNG) en Europa y Asia se dispararon entre un 45% y un 85%. En el corto plazo, esto impactará principalmente a naciones como China, India, Japón y Corea del Sur, que son los mayores importadores de crudo y LNG del Golfo Pérsico. A pesar de que Estados Unidos, como principal productor mundial de petróleo y gas, podría satisfacer parte de la demandante, un aumento en el coste de la energía también podría derivar en presiones inflacionarias, lo que podría resultar desfavorable políticamente para el actual presidente Trump de cara a las elecciones de noviembre.
En este contexto, la acción del presidente Trump cobra especial relevancia. Ha ordenado a la Corporación Financiera de Desarrollo de Estados Unidos (DFC) ofrecer de inmediato cobertura de riesgo político para el comercio marítimo a través del Golfo Pérsico, e incluso incluye la posibilidad de escolta naval de ser necesario. Sin embargo, queda por ver si la DFC podrá lograr dicha implementación. Reemplazar, en plena crisis, el sistema de reaseguro marítimo de guerra, que tiene más de 400 años de historia, no es tarea fácil. Si lo lograrán, podría alterar las dinámicas del comercio internacional y mitigar el efecto de las hostilidades en Irán sobre la economía global.
Irán dedicó décadas a construir un amplio arsenal naval para amenazar el estrecho de Ormuz, pero la realidad es que, al final, fueron siete compañías en Londres las que decicieron su cierre. En los días venideros, será crucial observar si el poder naval y financiero de Estados Unidos será capaz de reabrirlo.
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