En un rincón olvidado de la Universidad College London, se halla una sala de mapas que ha permanecido en la penumbra durante años. Fue aquí donde James Cheshire, profesor de información geográfica y cartografía, descubrió tesoros ocultos: un legado compuesto por 440 gavetas repletas de mapas, cada uno de ellos con su propia historia. Tras dedicar tres años a examinar estos documentos, Cheshire ha compilado sus hallazgos en un volumen cautivador que pone de relieve la relevancia de la cartografía en un mundo cada vez más digital.
Este libro revela un total de 96 mapas “perdidos”, que abarcan diferentes épocas, geografías y paisajes geológicos. Entre ellos se encuentran ejemplos notables, como un mapa de Hiroshima impreso semanas antes del lanzamiento de la bomba atómica, un plano de Madrid utilizado para la invasión nazi y un mapa del fondo del océano. Cada uno de estos ejemplos, acompañado de los comentarios de Cheshire, resalta la vitalidad de las bibliotecas como guardianes de la memoria sociopolítica.
La elección de Cheshire para estos mapas no es casual. Su formación en análisis y visualización de datos espaciales ha influido en su perspectiva sobre el cartografiado. Un hallazgo importante fue uno de los escasos 34 ejemplares del primer mapa que representaba la geología de todo el subcontinente indio, elaborado por el cartógrafo victoriano George Bellas Greenough. Este extenso mapa destaca por su valor histórico y su visión de los mapas como herramientas más allá de simples guías geográficas.
En un mundo donde predominan los mapas digitales, Cheshire señala la importancia de tener acceso a grandes cantidades de datos cartográficos digitalizados para la enseñanza y la investigación. Al hacerlo, asegura que estos recursos son fáciles de actualizar y no desperdician espacio. Sin embargo, se opone a la idea de que la inteligencia artificial podría reemplazar las funciones de los mapas. En cambio, enfatiza que estos son fundamentales para iniciar campañas que fomenten una mayor conciencia sobre temas como la contaminación del aire en las ciudades.
El autor plantea que, a menudo, las reuniones diplomáticas actuales comienzan y terminan con presentaciones frías y analíticas. Sin embargo, Cheshire se pregunta qué cambios se podrían generar si se permitiera una interacción más física y tangible con los datos. En relación con esto, alude a cómo los mapas influyeron en la Conferencia de Paz de París de 1919, sugiriendo que un mapa etnográfico podría haber transformado las percepciones de los participantes sobre las concesiones necesarias en esas negociaciones.
Durante una visita al Museo Nacional Postal en Washington, DC, Cheshire reflexionó sobre la posibilidad de un museo dedicado únicamente a los mapas. Esta idea resuena con el papel crucial que juegan los mapas en nuestra identidad sociopolítica y económica, así como en la manera en que humanizamos los datos y la información.
Explorar el contenido de este libro es una invitación a redescubrir el mundo de los mapas en una era dominada por lo digital. Cheshire nos transporta a través del tiempo y el espacio, recordándonos que los mapas no solo nos conectan con nuestro pasado, sino que también nos guían hacia el futuro.
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