La combinación de hundimientos, socavones y deterioro estructural en la Ciudad de México está elevando el riesgo de colapsos en un contexto donde la prevención se mantiene rezagada frente a los retos urbanos que enfrenta la capital. A medida que se evalúan los peligros de las infraestructuras, se estima que más de 1,300 edificios en la ciudad poseen algún grado de vulnerabilidad, impactados por el hundimiento del suelo, el envejecimiento de los materiales y la actividad sísmica. Estas preocupaciones cobran mayor relevancia en el marco de la expropiación programada de cerca de 400 predios afectados severamente, una decisión que surge a partir de las evaluaciones posteriores al temblor de septiembre de 2017.
El colapso de un edificio en proceso de demolición en San Antonio Abad, en la alcaldía Cuauhtémoc, resalta la urgencia de fortalecer la supervisión y el monitoreo de edificaciones con daños acumulados. Felipe Martínez, director de Huella Estructural, subraya que mientras países como Chile han avanzado en ingeniería civil debido a su exposición sísmica, este progreso responde a eventos catastróficos en lugar de una sólida cultura de prevención.
En América Latina, la falta de una cultura preventiva dificulta que las innovaciones tecnológicas se implementen eficazmente para dotar a las ciudades de mayor resiliencia. Desde la perspectiva de expertos en infraestructura, es crucial que las ciudades adopten normativas sólidas que obliguen al monitoreo continuo de edificios e infraestructuras. La implementación de tecnologías de monitoreo en tiempo real no solo permite entender el comportamiento de las estructuras ante diversos factores, sino que también facilita la intervención precisa en procesos como la demolición, contribuyendo a la reducción de riesgos.
Uno de los factores críticos que agravan el riesgo estructural en la Ciudad de México es la subsidencia. Investigaciones del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México revelan que el suelo de la ciudad presenta hundimientos que oscilan entre los 10 y 30 centímetros anuales, con algunas áreas alcanzando hasta 40 centímetros. Especialistas de Huella Estructural identifican señales de alerta como grietas diagonales, deformaciones en elementos de carga y desniveles en los pisos. Sin embargo, el deterioro a menudo avanza sin manifestaciones visibles, lo que subraya la importancia de utilizar tecnologías para anticipar daños.
El monitoreo de salud estructural se torna primordial, ya que permite detectar cambios tempranos y brinda información crítica antes de que surjan daños visibles o situaciones de riesgo. Invertir en prevención mediante el monitoreo es una estrategia económica; por cada dólar destinado a esta causa, se pueden ahorrar hasta 10 dólares en costos asociados a daños en infraestructuras urbanas. Este enfoque no solo busca evitar que las estructuras alcancen un deterioro irreversible, sino también garantizar la seguridad de los ciudadanos.
En un panorama donde la gran mayoría de los edificios apenas cuentan con medidas básicas de seguridad, como detectores de incendios, se hace evidente la necesidad de avanzar hacia un modelo en el que todas las personas tengan derecho a utilizar estructuras sanas. La premisa es clara: prevenir es más efectivo y menos costoso que reparar los daños una vez que han ocurrido.
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