En México, el consumo de tabaco y nicotina está en el centro de un debate crucial, impulsado por la reciente publicación de la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) 2025. Por primera vez, el Estado mexicano reconoce que el panorama del consumo ha evolucionado hacia un ecosistema donde coexisten el tabaco calentado, los vaporizadores y las bolsas de nicotina, desdibujando la idea de un mercado monolítico.
Este cambio de perspectiva plantea preguntas fundamentales: ¿Por qué la gente fuma y, sobre todo, por qué dejar de hacerlo es más complicado que simplemente prohibirlo? La respuesta, como señala la doctora Mariana Hoyo Vázquez, especialista en medicina integrativa, radica en la biología del hábito, que combina la dependencia fisiológica a la nicotina con rituales conductuales profundamente arraigados.
La nicotina se adhiere a receptores en el cerebro, activando el sistema de recompensa y liberando dopamina, lo que promueve beneficios percibidos como la gestión del estrés y la mejora de la concentración. Sin embargo, el acto de manipular el producto, junto con la pausa que implica fumar, representa un ritual difícil de romper. Si no se ofrecen alternativas que aborden tanto la necesidad química como la necesidad ritual, los fumadores seguirán buscando recompensas en otras sustancias, incluso en opciones potencialmente más dañinas.
Históricamente, existe una confusión generalizada que asocia erróneamente la nicotina directamente con el riesgo de enfermedad, mientras que la ciencia moderna ha demostrado que, aunque la nicotina es adictiva, no es carcinógena. Instituciones como la FDA en Estados Unidos y el Real Colegio de Médicos del Reino Unido subrayan que, aunque la nicotina genera adicción, su riesgo para la salud es significativamente menor comparado con el tabaquismo.
El verdadero problema reside en la combustión. Durante el proceso de fumar, el tabaco alcanza temperaturas superiores a 400 °C, generando más de 6,000 compuestos químicos, de los cuales aproximadamente 100 son catalogados como dañinos. Así, la repetida exposición a estos químicos del humo provoca cáncer y enfermedades cardiovasculares, lo que pone de relieve la urgencia de ofrecer alternativas menos perjudiciales para quienes ya fuman.
Hoy, la tecnología ha avanzado para separar la nicotina del humo mediante sistemas de calentamiento que operan por debajo de los 350 °C. Esto permite liberar la nicotina sin los compuestos tóxicos generados por la combustión. Estudios han demostrado que, al eliminar la combustión, las emisiones del aerosol resultante son hasta un 95% menores en comparación con el humo de tabaco.
A pesar de las políticas restrictivas implementadas en México, que han incluido altos impuestos y prohibiciones bajo el esquema MPOWER, la prevalencia de fumadores adultos ha permanecido estancada en alrededor del 16% desde 2009. Paradójicamente, la prohibición de alternativas menos riesgosas, como los vaporizadores, ha llevado a muchos usuarios a recurrir al mercado negro, donde la calidad y seguridad de los productos son inciertas.
El reciente aumento en el consumo de otras sustancias, que ha pasado del 10.2% al 14.4% en la última década, indica que la prohibición no elimina la demanda; simplemente la desplaza a entornos no regulados. En este contexto, surge la necesidad de una perspectiva de Reducción de Riesgos y Daños (RRD). Este enfoque no promueve la abstinencia forzada, sino que busca minimizar el impacto, sustentándose en tres pilares de derechos humanos: el derecho a la información, el derecho a la salud y la libre autonomía en las decisiones personales.
Ante esta situación, México se encuentra en una coyuntura histórica. La ENCODAT 2025 ya reconoce oficialmente categorías distintas para los productos de tabaco calentado, los vaporizadores y otros. Países como Suecia, Japón y Nueva Zelanda han demostrado que integrar estos productos en la salud pública puede acelerar la disminución de las tasas de tabaquismo y, en consecuencia, reducir la carga hospitalaria por enfermedades relacionadas.
La evidencia sugiere que un fumador que cambia a productos sin humo puede reducir drásticamente su exposición a toxinas, posicionándose en un estado de riesgo mucho más cercano al de alguien que deja de fumar por completo. Regular la nicotina según el nivel de riesgo, en lugar de basarse en estigmas, podría ser el camino para proteger la salud pública y respetar los derechos individuales de los consumidores. Al fin y al cabo, se trata de ofrecer opciones a quienes están atrapados en la combustión, en lugar de condenarlos a una prohibición que no resuelve el problema.
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