Durante su último año en el programa de Bachelor of Fine Arts de Carnegie Mellon University, la artista Emily Drew Miller realizó un curioso experimento que marcaría el inicio de su actual trayectoria artística. Cuando colocó una hoja de papel sobre un viejo calefactor y frotó un trozo de grafito sobre ella, el resultado le recordó al matzah, un pan sin levadura consumido tradicionalmente en la festividad de Passover. Han pasado casi diez años desde esa revelación, y ahora Miller ha transformado esta conexión en una práctica artística significativa, integrando el matzah en su serie continua, “Matzot”.
Desde diciembre de 2025, la artista con sede en Nueva York y Nueva Jersey ha estado utilizando hojas de matzah en un proceso de impresión. A través de un prensa, produce colografías que capturan la textura y las imperfecciones de este alimento simbólico, explorando no solo su forma física sino también el sentimiento de desconexión que sienten muchos dentro de la comunidad judía actual. “Las fracturas en estas imágenes reflejan cómo se siente aislada gran parte de la gente judía en este momento”, comenta Miller, aludiendo a las tensiones internas que existen en la diáspora.
Estas impresiones, de aproximadamente siete pulgadas de lado, se convierten en una exploración política más profunda, transformando el matzah en un símbolo de divisiones dentro de la comunidad judía. Miller destaca que su trabajo no solo son representaciones de un alimento: “Si alguien no quiere confrontar la política actual o reconocer esas grietas, puede simplemente ver matzah… Pero al observar detenidamente, tal vez pueda adentrarse en la complejidad de la situación.”
Con una herencia que abarca desde la tradición hasta la modernidad, las obras de Miller invitan a una reflexión sobre el vínculo compartido entre judíos de diferentes corrientes. Desde su experiencia viviendo en Israel y Palestina, donde comenzó a cuestionar sus creencias pro-Israel, Miller ha encontrado una voz única en su arte. “Estoy orgullosa de mi identidad judía”, explica, “pero ese orgullo se siente incómodo cuando actos de violencia se realizan en nombre de la seguridad judía”.
Su trabajo también apunta a la universalidad del matzah como un punto de convergencia. “Todos los que crecieron en un entorno reformista han consumido matzah, al igual que todos los que crecieron en comunidades ortodoxas”, reflexiona. Este alimento se convierte, así, en un hilo que puede unir a quienes comparten la tradición judía, a pesar de las fracturas visibles.
La serie de Miller no solo resuena a nivel personal; también se enmarca en un contexto más amplio, donde el matzah se consume en las mesas de Seder alrededor del mundo durante Passover, conmemorando la salida de los israelitas de Egipto. A medida que las diferentes comunidades judías celebran juntas, el matzah se erige como un símbolo poderoso del patrimonio compartido y la complejidad de la identidad judía contemporánea.
Como observa Miller, “tenemos tanta complejidad dentro de nuestros diferentes grupos: quiénes somos, qué creemos realmente, y cómo actuamos como judíos.” Esta idea resuena en un panorama donde la comida, a menudo unificadora, puede igualmente revelar las grietas de un pasado complicado y un presente tumultuoso.
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