En los años 90, el conflicto por el control de las drogas en Estados Unidos dejó una huella profunda en la literatura, especialmente en el género de la novela criminal. Autores como Patricia Cornwell, Walter Mosley y James Ellroy exploraron la intersección entre el crimen, la enfermedad y lo que significaba ser un “sujeto enfermo” en un contexto profundamente influenciado por la War on Drugs.
Cornwell, en su obra “All That Remains”, introdujo a Kay Scarpetta, una examinadora médica que trabaja para una figura prominente en la política antidrogas, cuya carrera se inició en juicios de alto perfil relacionados con drogas. Esta conexión establece un vínculo crítico entre el manejo del delito y la evaluación médica. A su vez, Mosley, en “White Butterfly”, retrata a un detective que percibe un “guerra en curso” mientras investiga un asesino en serie que ataca a trabajadoras sexuales negras.
Ellroy, en “L.A. Confidential”, presenta una narrativa donde un capitán de policía concibe un plan para inundar barrios de color con heroína, apuntando a la romántica idea del crimen que asociaba la locura y el mal con la violencia y el abuso de sustancias. Lawrence Block, en “A Walk Among the Tombstones”, profundiza en la historia de un detective contratado para resolver el asesinato de la esposa de un narcotraficante, sumando otra capa a esta compleja narrativa.
Los asesinatos en serie en estas novelas reflejan una inquietante dualidad: los retratos de narcotraficantes y asesinos en serie a menudo se entrelazan. En “All That Remains”, el tema de un asesino en serie que acecha a parejas en Virginia se presenta simultáneamente con el deterioro psicológico de los implicados en el tráfico de drogas. Los autores están en un diálogo constante sobre la naturaleza de estos personajes, preguntándose: ¿son malvados o enfermos?
Un aspecto ineludible de esta narrativa es el lenguaje que rodea la “enfermedad”. En diversas novelas, los asesinos son descritos como “enfermos”, sugiriendo que sus crímenes son producto de trastornos mentales, una idea que ha permeado el pensamiento popular sobre el crimen. Por ejemplo, el asesino de “Blanche on the Lam” es catalogado como “muy enfermo”, y los personajes de “A Walk Among the Tombstones” contemplan si sus oponentes son “sólo enfermos o también malvados”.
Durante los años 80, la percepción de la adicción pasó de ser vista como un problema de salud pública a convertirse en un tema de criminalidad. Entre 1945 y 1978, la adicción era considerada una cuestión de salud a cargo de médicos. Sin embargo, la llegada de los ’80 transformó este pensamiento, criminalizando tanto a usuarios como a distribuidores. Este cambio radical se ejemplifica en 1986, cuando “Time” nombró a la cocaína crack como su “problemática del año”.
A medida que la Guerra contra las Drogas se intensificaba, los novelistas comenzaron a notar las similitudes entre el adicto y el asesino en serie. La figura del adicto se transformó en un símbolo de criminalidad incurable, mientras que el asesino se enmarca en un contexto de enfermedad, lo que les otorgaba una resonancia literaria y social.
En obras como “L.A. Confidential”, se presenta el dilema de la cobertura médica frente a la encarcelación. El asesino principal, Douglas Dieterling, recibe tratamiento adecuado, mientras que las víctimas, hombres negros inocentes acusados injustamente, no tienen acceso a tales protecciones. Esta dualidad refleja no solo la injusticia de la era, sino la profunda interconexión entre raza, salud y justicia en el discurso literario de la época.
Por su parte, Mosley utiliza la figura del asesino en “White Butterfly” para criticar la falta de atención médica a los afroamericanos, sugiriendo que el mismo sistema que argumenta la enfermedad en los asesinos también desatendía a las comunidades afectadas por la adicción.
Mientras las novelas del final del siglo XX se duplicaban en representaciones de asesinos y adictos, se orquestaban narrativas que capturaban una historia más amplia sobre la criminalización de la salud. La ficción criminal se convirtió en un espejo que reflejaba no solo los horrores de la violencia sino también la profunda desigualdad en la atención médica y la justicia.
Este análisis, que parece cada vez más relevante en las discusiones contemporáneas sobre el crimen, la salud y la raza, resuena con una claridad perturbadora en nuestra sociedad actual. En un contexto donde la narrativa de la adicción como crimen sigue evolucionando, la literatura continúa siendo un instrumento vital para cuestionar y confrontar estas realidades.
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