El 7 de abril de 2026, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, anunció la liberación de la periodista estadounidense Shelly Kittleson, quien había sido secuestrada una semana antes en Bagdad por la milicia proiraní Kataib Hezbolá. Esta organización terrorista, conocida por sus vínculos con el gobierno iraní, había exigido que Kittleson abandonara el país de inmediato como condición para su liberación.
Rubio expresó su alivio en una publicación en redes sociales, señalando que se encontraba satisfecho por el regreso seguro de Kittleson y que las autoridades estadounidenses estaban trabajando para facilitar su salida de Irak. En su mensaje, agradeció a diversas agencias, incluido el FBI y el Departamento de Defensa, así como al Consejo Judicial Supremo iraquí y a sus socios en Irak, por su colaboración en este proceso complejo.
El secretario de Estado enfatizó que la resolución de este caso refleja el firme compromiso de la administración de Donald Trump con la seguridad de los ciudadanos estadounidenses en el extranjero. “No toleraremos la detención ilegal o el secuestro de nuestros ciudadanos,” afirmó Rubio, prometiendo que Washington utilizará todos los medios necesarios para asegurar el regreso de los estadounidenses a casa y para hacer responsables a los culpables.
Alex Plitsas, un amigo cercano de Kittleson y quien había sido designado como contacto con las autoridades de Estados Unidos, confirmó que su traslado se había realizado con éxito. Después de esperar a que se concretara la liberación, Plitsas expresó su gratitud a las autoridades de ambos países.
La situación tomó un giro dramático cuando Kataib Hezbolá no solo confirmó la liberación, sino que también divulgó un video como prueba de vida de Kittleson. La organización advirtió que este gesto no se repetiría en el futuro, aludiendo a lo que describieron como una “guerra declarada por el enemigo sionista-estadounidense contra el islam”.
Esta declaración de Kataib Hezbolá resalta la delicada y tensa realidad en Irak, un país que todavía enfrenta complejas dinámicas de poder y sectarismo. Además, la vulnerabilidad de los periodistas en zonas de conflicto se pone de manifiesto en este episodio, subrayando los riesgos que enfrentan al reportar desde el terreno.
En este contexto, la liberación de Kittleson no solo trae un rayo de esperanza a su familia y amigos, sino que también plantea interrogantes sobre la seguridad de otros reporteros y civiles que operan en regiones inestables. La situación sigue evolucionando, mientras que la comunidad internacional monitorea de cerca el estado de la libertad de prensa y la seguridad de los ciudadanos en áreas de conflicto.
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