¿Se imaginan que nuestro cerebro puede percibir movimiento a partir de una serie de imágenes fijas? Una de las características del cerebro es integrar elementos para percibir conjuntos completos. Lo hace en imágenes fijas: por ejemplo, si vemos una ilustración de una cara, vemos los ojos, la nariz, la boca, la forma de la cara, las cejas, las orejas y el pelo como un conjunto, un solo elemento. Cuando las imágenes fijas se suceden a una velocidad de 24 cuadros por segundo, nuestro cerebro percibe movimiento, esto es lo que sucede en el cine, y en la animación, aunque a veces se usan menos dibujos por segundo, el estándar de proyección es similar. Vemos acciones, gestos, recorridos. Percibimos que la imagen se mueve, aunque en realidad no lo haga.
La exploración de la percepción de movimiento a partir de una secuencia de imágenes fijas se remonta al siglo XIX. Diversos dispositivos se construyeron para este fin, como el zoótropo, el fenaquistoscopio y el praxinoscopio, que hacían girar secuencias de imágenes y generaban la sensación de continuidad. Poco tiempo después se inventó el cinematógrafo por los hermanos Lumière en 1895. Este invento tuvo la posibilidad de proyectarse en una pantalla y dio origen al cine: una nueva experiencia social y colectiva.
Con base en estos principios de la percepción de imagen en movimiento, Émile Cohl y Winsor McCay a inicios del siglo XX comenzaron a experimentar con la animación, que no era capturar el movimiento en una secuencia de imágenes fijas, sino diseñarlo cuadro por cuadro: cada transición, cada gesto y cada ritmo. La animación ha tenido un desarrollo histórico cultural y permite la expresión de la diversidad de las culturas. En general se le vincula con las infancias, pero la realidad es que las producciones de animación son para todas las edades. Recordando la columna de la semana pasada, los estudios Ghibli producen bajo estos parámetros películas hermosas que llevan mensajes de comunidad y de resguardo de la naturaleza.
La percepción de movimiento a partir de la secuencia de imágenes es posible porque nuestro sistema visual procesa de forma integral una serie de información en el tiempo. Cuando una secuencia de imágenes se reproduce con suficiente rapidez, el cerebro interpola la información y construye continuidad. Este fenómeno ha sido estudiado desde la psicología de la percepción a través de dos efectos. La persistencia de la visión, que implica que una imagen permanece brevemente en la retina incluso después de haber desaparecido y el fenómeno phi, en el que el cerebro percibe movimiento entre estímulos sucesivos, aunque no exista desplazamiento real.
Así, lo que vemos (percibimos) es una interpretación de una serie de imágenes: el movimiento está en nuestra mente. Y la capacidad de que esa sensación sea mejor depende del diseño de la misma: la coincidencia de elementos entre imágenes o cuadros fijos, la continuidad del color, mantener los personajes con las mismas dimensiones y características, y un desplazamiento espacial coherente, entre otros detalles gráficos.
El cine y la animación nos hacen reflexionar sobre que la percepción de la realidad en movimiento es una construcción activa. Vemos movimiento porque nuestro cerebro lo necesita para comprender el mundo. El diseño, al entender esto, puede producir experiencias vívidas.
Nos vemos pronto para seguir hablando de diseño.


