El fenómeno de El Niño, un patrón natural que altera las temperaturas de las aguas superficiales del Pacífico, se prepara para una posible reaparición significativa durante el verano boreal de 2026. Así lo indica la Organización Meteorológica Mundial (OMM), respaldada por otras entidades científicas que analizan el clima global. Este anuncio ha dado pie a una serie de informaciones erróneas, alimentadas por titulares alarmistas que advierten sobre un “superniño”, “el peor en siglos” o “el niño Godzilla”.
El Niño, según explica la meteoróloga Christian Domínguez del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, se define en base a las variaciones de temperatura en el océano Pacífico ecuatorial. Existen tres fases dentro de este fenómeno: una fase neutra, donde las condiciones son promedios históricos; un episodio de El Niño, caracterizado por aguas más cálidas de lo normal; y La Niña, donde las temperaturas son más frías.
El impacto de El Niño en los sistemas climáticos globales es considerable, influyendo directamente en patrones de viento, lluvia y condiciones climáticas, incluidas olas de calor y sequías. Su monitoreo es esencial, especialmente en la costa del Pacífico mexicano, donde puede aumentar la probabilidad de huracanes más intensos.
Aunque actualmente se encuentra en condiciones neutrales, las previsiones sugieren que El Niño podría comenzar a desarrollarse entre abril y junio, con un crecimiento de probabilidad que alcanza hasta el 90% para finales de año, de acuerdo con la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) estadounidense. Domínguez desestima los términos sensacionalistas aplicados a este fenómeno; si bien hay expectativas de una fase cálida, su magnitud exacta sigue siendo incierta.
Un punto crítico a considerar es la relación entre El Niño y la temporada de huracanes. La evidencia muestra que, mientras en el Atlántico tiende a haber una disminución en la cantidad de ciclones tropicales durante un episodio de El Niño, en el Pacífico se observa una intensificación de huracanes. Dos ejemplos significativos son Patricia (2015) y Otis (2023), ambos huracanes de categoría 5 que se formaron durante años que presentaron la presencia de El Niño.
Además de los huracanes, El Niño también altera la disponibilidad de precipitaciones en el centro y sur de México. Durante su formación, es probable que estas regiones experimenten menos lluvia de lo habitual, lo que puede tener repercusiones significativas en la agricultura y los recursos hídricos.
Es relevante mencionar que este fenómeno existe desde mucho antes de que comenzara el estudio de la crisis climática asociada a la actividad humana. Sin embargo, en la última década, las alteraciones en los ciclos de El Niño reflejan que las fluctuaciones están ocurriendo con mayor frecuencia de lo habitual. La ciencia ha comenzado a establecer vínculos entre la crisis climática y la intensificación rápida de huracanes, como se evidenció en el caso de Otis, que escaló rápidamente de tormenta tropical a huracán de categoría 5 en un tiempo notablemente corto.
Así, mientras El Niño sigue su curso previsto, queda claro que estamos enfrentando un mundo más caliente, donde la crisis climática contribuye a hacer que fenómenos ya existentes se vuelvan más intensos. Ante este panorama, es crucial prepararse y mantenerse informado sobre las proyecciones climáticas y sus posibles repercusiones. La transición hacia una mayor conciencia y monitoreo de estos fenómenos es fundamental para mitigar sus efectos en la vida de las comunidades afectadas.
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