Luisa María Alcalde se encuentra en sus últimas horas como líder nacional de Morena, el partido oficialista en México. En un inminente cambio de liderazgo, Ariadna Montiel, actual secretaria de Bienestar, asumirá su cargo. Este movimiento refleja una transformación que ha estado gestándose desde hace meses, impulsada por el creciente desgaste interno del partido y los resultados que no cumplieron con las expectativas.
La necesidad de reorganizar la estructura de Morena es apremiante. La llegada de Montiel, quien ha sido una colaboradora cercana de Claudia Sheinbaum, presidenta del partido, responde a la urgencia de restaurar el control territorial y disciplinar a un partido que mostraba signos de desorganización y falta de dirección. Considerada una operadora experimentada, Montiel tiene una trayectoria notable en la gestión de programas sociales, lo que la convierte en la candidata ideal para corregir el rumbo del partido.
Sheinbaum, al asumir un papel más activo en la dirección del partido, busca evitar fracturas que podrían comprometer su desempeño en las elecciones intermedias de 2027. La elección de Citlalli Hernández como responsable de alianzas y candidaturas es parte de esta estrategia. Su función clave será suavizar tensiones con aliados como el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista, evitando que las disputas por las candidaturas escalen a crisis que amenacen la mayoría en el Congreso y la supervisión de 17 gubernaturas junto con cientos de cargos locales en juego.
La caída de Alcalde se interpreta, tanto dentro como fuera de Morena, como el resultado de una gestión que no logró consolidarse. Su liderazgo estuvo marcado por críticas de improvisación, conflictos internos y una creciente desconexión con la base del partido. En contraste, la estrategia de Montiel, más centrada en la operación territorial que en el discurso político, se considera vital para reconectar con los simpatizantes y fortalecer la base del partido.
La intervención de Sheinbaum ha generado reacciones mixtas. Algunas figuras dentro del partido han aplaudido este enfoque decisivo, señalando que, aunque es un golpe contundente, también revela la fragilidad institucional de Morena, dependiente de la mediación presidencial para resolver conflictos internos.
A medida que Morena se adentra en esta fase crítica, los retos son significativos. Citlalli Hernández deberá forjar acuerdos en un ambiente complicado por una competencia interna por las candidaturas, mientras que Montiel deberá demostrar que su experiencia en la administración pública se puede trasladar con éxito al ámbito político del partido. El futuro de Morena, por lo tanto, se encuentra en una encrucijada decisiva, esperando que estas transformaciones logren reconfigurar su rumbo en los próximos años.
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