En 1937, el reconocido escultor Alexander Calder regresó a París, donde estableció su estudio en un garage equipado con un tornamesa automotriz, una innovadora herramienta que le permitía visualizar y ajustar sus esculturas con facilidad. Este espacio creativo se convirtió en el centro de su obra más emblemática de ese año: la Fuente de Mercurio, encargada para el Pabellón español en la Exposición Internacional de París. Este trabajo no solo incorporó mercurio extraído de Almadén, España, conocido por simbolizar la resistencia republicana durante la Guerra Civil Española, sino que también fue exhibido junto a obras maestras de Pablo Picasso y Joan Miró, subrayando el profundo compromiso político de estos artistas.
A su vuelta a Nueva York en 1938, Calder emprendió la construcción de un amplio estudio sobre las bases de un antiguo establo en Roxbury. En poco tiempo, transformó el cercano estudio de la casa de hielo en un espacio de vida, conocido como el “Gran Salón”. Ese mismo año, se llevó a cabo su primera retrospectiva titulada Calder Mobiles en la Galería de Arte George Walter Vincent Smith en Springfield, Massachusetts. La muestra presentó 61 joyas y contó con la presencia de notables figuras, como el diseñador Alvar Aalto y el pintor Fernand Léger. Calder continuó su auge creativo y, un año después, el Museo de Arte Moderno de Nueva York le encargó la creación de Trampa de Langosta y Cola de Pez, un móvil que adornó la escalinata principal del nuevo edificio del museo en la calle 53 Oeste.
Durante la transición de los años 30 a los 40, sus obras fueron presentadas en la Galería Pierre Matisse de Nueva York, donde se destacaron las esculturas estáticas y cinéticas, así como delicadas piezas de joyería. En 1943, la galería lanzó su primera serie de “Constelaciones”, una innovadora colección de ensamblajes de madera pintada que marcó un hito en su carrera. Estas piezas, surgidas en el contexto de las limitaciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, en un tiempo en el que el acceso al metal era restringido, se compusieron de elementos geométricos y orgánicos dispuestos en redes intrincadas. La suspensión, el montaje y la posición de cada componente en estas obras eran fundamentales para generar un efecto rítmico y dinámico; una colocación incorrecta podía restar impacto visual.
Con las “Constelaciones”, Calder logró expresar una visión casi cósmica, transformando sus elementos escultóricos en una experiencia que involucraba tanto a los espectadores emocional como espacialmente. De este modo, logró un puente entre lo tangible y lo conceptual. En conclusión, la obra de Calder no solo desafió las nociones de escultura al incorporar movimiento, sino que también reflejó las tensiones políticas y sociales de su tiempo, estableciéndose como un pilar inquebrantable de la modernidad artística.
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