La drástica reducción de la ayuda externa por parte de la agencia estadounidense USAID en 2025 ha generado consecuencias devastadoras en varias regiones a nivel mundial. Un caso notable es el de Sudán del Sur, donde aproximadamente 33 millones de personas requieren asistencia humanitaria en medio de un conflicto armado. Este efecto no se limita a los Estados Unidos, sino que también ha influido en políticas de otras naciones, como Canadá, que ha recortado su propia ayuda internacional en respuesta a la guerra comercial desencadenada por el expresidente Donald Trump.
Las organizaciones de ayuda internacional han expresado su profundo pesar ante estas decisiones, una reacción comprensible dada la magnitud de la crisis que enfrentan. Sin embargo, es imperativo que se reconozca que el consenso liberal que prevaleció después de la Segunda Guerra Mundial, que moldeó el desarrollo moderno, estuvo construido sobre desigualdades globales.
En su discurso de 2026 en el Foro Económico Mundial, el Primer Ministro Mark Carney hizo una referencia cautelosa a estas desigualdades, al mencionar que “la narrativa del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa”. A través del libro “Books for Development: Canada in the Late Twentieth-Century World”, se argumenta que este relato parcial ha contribuido a diluir la imagen de Canadá como un país benevolente en su relación con las comunidades indígenas y el resto del mundo.
La noción de “desarrollo”, como lo plantea el sociólogo Wolfgang Sachs, emergió tras la Segunda Guerra Mundial. Un momento clave fue el discurso inaugural de Harry Truman en 1949, donde se planteó la obligación de Estados Unidos de compartir su progreso con las “áreas subdesarrolladas”. Esta clasificación dual del mundo hizo eco en las instituciones internacionales emergentes, como las Naciones Unidas. A pesar de que surgieron críticas al desarrollo en las décadas siguientes, la creencia de que las naciones “subdesarrolladas” podían alcanzar a sus contrapartes “desarrolladas” ha persistido.
El libro, especialmente en el contexto de la cooperación internacional, se convirtió en un símbolo del “edad del desarrollo”. A pesar de las buenas intenciones, se ha demostrado que programas destinados a mejorar el acceso a la educación y la alfabetización, impulsados por organizaciones como UNESCO, han afectado negativamente las iniciativas locales en las naciones recién independizadas.
En ese contexto, el papel de Canadá ha sido significativo. A través de figuras como J.R. Kidd, quien fue influyente en UNESCO y fundó el Overseas Book Centre en 1959, Canadá ha estado a la vanguardia de la ayuda vinculada a la educación. Sin embargo, estas donaciones de libros a naciones del Sur Global a menudo han comprometido las publicaciones locales en esos países, subrayando un problema inherente a la ayuda internacional.
Las políticas de desarrollo de la década de 1960 también tuvieron un impacto en las poblaciones indígenas de Canadá. Iniciativas como Frontier College comenzaron a enfocarse en la alfabetización de estas comunidades, muchas veces en el marco de un enfoque que buscaba integrar a los pueblos indígenas en lo que se conocía como “la forma de vida canadiense”. Sin embargo, este enfoque, que muchas veces perpetuaba una narrativa de “desarrollo”, no abordó las condiciones estructurales de injusticia y desigualdad que enfrentaban estas comunidades.
Figuras como George Manuel, un líder indígena, criticaron estas iniciativas argumentando que cualquier desarrollo político debía estar basado en un sustento económico que provenía de la tierra, el recurso fundamental para la soberanía indígena. Su libro “The Fourth World: An Indian Reality” enfatiza que la verdadera autonomía no puede existir sin el control sobre los recursos naturales.
Así, se hace evidente que la narrativa y las políticas de desarrollo global deben reevaluarse para reconocer las injusticias estructurales de cada contexto. Las relaciones de Canadá y otros países con las naciones indígenas y el mundo en desarrollo no pueden basarse en una visión distorsionada que minimice estos problemas. En lugar de construir un orden internacional idealizado, es necesario actuar con un entendimiento más realista y crítico de la historia y la actualidad de estas relaciones.
En este complicado entramado, es crucial que los tomadores de decisiones y los responsables de políticas vuelvan a examinar sus estrategias, no solo para beneficiar a las comunidades a las que supuestamente ayudan, sino para establecer un código de ética que realmente aborde las desigualdades persistentes en el ámbito global.
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