Hace algunos años tuve la fortuna de participar en el Congreso Internacional Imagen y Sociedad que organizaba la Facultad de Diseño de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, en donde soy profesora investigadora de tiempo completo. En esa ocasión presenté una investigación sobre la gráfica mexicana y el arte zapatista. El texto completo se puede ver en la librería de la UAEM, en el libro Imagen y política, el cual también coordiné.
En México, la imagen es discurso, identidad y, en muchos momentos, una forma de resistencia. La gráfica mexicana tiene una historia profundamente ligada a lo social. Desde principios del siglo XX, con la Revolución Mexicana, la imagen comenzó a ser una herramienta para comunicar ideas, para posicionar posturas y para construir una identidad colectiva.
El grabado, por ejemplo, se convirtió en uno de los medios más importantes de expresión visual. Su facilidad de reproducción permitió que las imágenes circularan ampliamente, llegando a sectores de la población que no necesariamente tenían acceso a otros medios. Estas características de reproducción permitieron que figuras como José Guadalupe Posada se consolidaran como referentes. En especial Posada desarrolló una línea gráfica muy particular que servía como una crítica al orden establecido.
Con el tiempo, la gráfica popular mexicana consolidó un lenguaje visual que sigue vigente: líneas firmes, composiciones directas, alto contraste, figuras reconocibles y una fuerte carga simbólica. Es una estética que busca claridad comunicativa y conexión con lo colectivo, a diferencia de una gráfica vinculada históricamente al arte academicista.
En este sentido, la gráfica mexicana no puede entenderse sin el arte popular. Como he trabajado en otras investigaciones, estas expresiones no academicistas están cargadas de significantes políticos y sociales, tanto en su concepción como en su producción y distribución. Se trata de cómo se ve la imagen, de para qué existe y a quién interpela.
Un ejemplo claro es la gráfica zapatista, proveniente del movimiento zapatista surgido en Chiapas en 1994. El movimiento retoma los códigos visuales de la gráfica revolucionaria y del arte popular para construir una identidad visual reconocible y profundamente política. Murales, carteles e ilustraciones decoran y comunican con una estética completamente vinculada a la gráfica revolucionaria con detalles indígenas y colores simbólicamente vinculados con las ideas políticas que se respaldan en el movimiento. Son parte de una estrategia discursiva que articula comunidad, memoria y resistencia.
Aquí hay algo fundamental desde el diseño: la imagen no solo es decorativa, es intencional. Se diseña para ser reproducida, para circular, para generar identidad. La gráfica popular, a diferencia de otras formas más institucionalizadas, entiende la importancia de la distribución y de la apropiación colectiva. Es imagen que se comparte, que se replica y que se vuelve parte de una memoria común.
Por eso, cuando hablamos de gráfica mexicana, hablamos de una forma de entender el diseño como herramienta social. Una práctica que busca resolver problemas visuales y al mismo tiempo intervenir en la realidad. La tradición de la gráfica mexicana nos recuerda que producir diseño y arte también es tomar postura.
Nos vemos pronto para seguir hablando de diseño.


