La música y la matemática están intrínsecamente ligadas, una afirmación contundente que resonó en la reciente conferencia y concierto titulados “La música del universo y la danza de las neuronas”. Este evento, que tuvo lugar el 8 de mayo de 2026 en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario de Ciudad Universitaria, marcó la apertura de la décima edición de El Aleph, Festival de Arte y Ciencia, organizado por Cultura UNAM.
La doctora Elaine Bearer, especialista en medicina, filosofía, neurociencia, y compositora, lideró esta experiencia híbrida que mezcló clase magistral, recital y experimento colectivo. Bearer defendió la idea de que la ciencia y el arte no son dominios separados, sino caminos complementarios para explorar la complejidad humana. Su presentación alternó explicaciones sobre neurobiología, física y percepción auditiva con actuaciones en vivo del cuarteto de cuerdas del Instituto Kwapisz, interpretando obras compuestas por la misma Bearer. Con esta dinámica, se reafirmó que tanto el conocimiento científico como la experiencia estética comparten mecanismos de intuición, emoción y descubrimiento.
Bearer fue descrita por José Gordon, curador de contenidos científicos del festival, como una “matemúsica”, un término que evoca la intersección entre matemáticas y música. En su conferencia, se alejó de las fronteras estrictas entre disciplinas, usando el penacho atribuido a Moctezuma como un ejemplo de cómo una obra de arte puede combinar conocimiento técnico, simbolismo político y construcción cultural. “Todo lo presente en este penacho es un ejemplo de la manera en que pensamos acerca de la música y el arte”, comentó.
La ponente también trazó una genealogía de las relaciones entre música, ciencia y cosmología, haciendo alusión al quadrivium medieval, donde la música, la astronomía, la geometría y las matemáticas se consideran disciplinas fundamentales. Se remontó a Platón y Aristóteles para discutir la “música de las esferas”, la creencia de que los movimientos del universo siguen proporciones armónicas similares a las de la música.
En el ámbito de la neurociencia, Bearer explicó cómo el oído transforma las vibraciones en impulsos nerviosos y describió el funcionamiento de la cóclea, responsable de distinguir tonos y frecuencias. No obstante, enfatizó que el verdadero enigma no reside solo en la mecánica del sonido, sino en cómo el cerebro convierte esas señales en emociones. “Sabemos cómo escuchamos, pero todavía no entendemos completamente cómo sentimos la música”, afirmó.
A lo largo de su disertación, Bbearer enlazó ejemplos científicos con referencias culturales y musicales. Mencionó al compositor Arnold Schoenberg y su uso de la atonalidad para evocar emociones en el cine, aludiendo a la banda sonora de “Psicosis” de Hitchcock, compuesta por Bernard Herrmann. También citó investigaciones sobre la dopamina y la respuesta cerebral al placer musical, sugiriendo que ciertos efectos bioquímicos provocados por la música podrían compararse a los mecanismos de adicción.
Con esta fusión de arte y ciencia, la conferencia de Bearer no solo iluminó diversas facetas del conocimiento, sino que también invitó a los asistentes a reflexionar sobre la profunda conexión que existe entre estas dos disciplinas aparentemente dispares. La intersección entre música y ciencia, expuesta de manera tan clara y evocadora, puede ser vista como un caleidoscopio de comprensión que resuena en la búsqueda de un entendimiento más holístico del ser humano y su relación con el universo.
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