El sistema penitenciario mexicano enfrenta una crisis estructural que refleja las profundas desigualdades sociales existentes en el país. Expertos en seguridad han señalado que las cárceles se han convertido en espacios de exclusión social, violencia y corrupción, donde predominan jóvenes de sectores marginados procesados por delitos menores y miles de personas encarceladas sin una sentencia.
Durante un análisis del Informe Nacional de Transparencia 2025, académico como Pedro José Peñaloza de la UNAM enfatizó que las más de 400 cárceles en México albergan principalmente a jóvenes provenientes de contextos desfavorecidos, mientras que las élites económicas y políticas que cometen delitos de alto impacto rara vez enfrentan consecuencias. Peñaloza criticó el modo en que el sistema penitenciario parece legitimar su existencia al llenar las cárceles con lo que él denomina “residuos sociales”, lo que se traduce en jóvenes encarcelados por robos menores a 3,000 pesos.
Un aspecto especialmente controversial es la figura de la prisión preventiva oficiosa, que Peñaloza califica de “inconvencional” y contraria a estándares internacionales de derechos humanos. Este mecanismo permite el encarcelamiento de individuos sin pruebas suficientes, basándose únicamente en acusaciones. Actualmente, alrededor de 90,000 personas están en prisión sin haber sido aún condenadas por un juez, lo que plantea serias interrogantes sobre la justicia y el debido proceso.
Emilio Cunjama, otro experto, también ha expuesto que las prisiones mexicanas son en gran medida zonas de rehabilitación fallidas, aquejadas por problemas estructurales tales como corrupción, violencia y extorsión. Describió las cárceles como “el escotoma de la sociedad”, un punto ciego que pone de manifiesto las desigualdades y la exclusión presentes en el país. Alertó sobre la violencia interna, con homicidios que a menudo no son reportados públicamente.
Erika Tapia Nava, investigadora, resaltó que el sistema refleja un modelo punitivo con escasas garantías de derechos humanos, evidenciando contradicciones entre lo que establece la ley y la realidad en los espacios penitenciarios. Las instituciones, muchas veces, no cumplen con estándares mínimos que deberían garantizar el bienestar de los internos.
En suma, el sistema penitenciario mexicano necesita con urgencia una reestructuración que aborde las deficiencias existentes y que no solo busque sancionar, sino también reinsertar socialmente a quienes han caído en el ciclo delictivo. La situación actual, que se extiende hasta mayo de 2026, exige un compromiso renovado para garantizar que las prisión se conviertan en espacios de verdadera rehabilitación y no en lugares de perpetuación de las desigualdades sociales.
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