Cuando Bruno Santamaría Razo experimentó la proyección de su primer largometraje de ficción en el prestigioso festival de Cannes, se sintió abrumado por la emoción. “Me conmovió muchísimo”, afirma el director mexicano, quien aún se sorprende de que su película haya sido seleccionada para el evento cinematográfico más relevante del mundo.
La obra, presentada en la Semana de la Crítica, revive fragmentos de la infancia de Santamaría. A través de la historia de un niño de 11 años que comienza a explorar sus sentimientos hacia su mejor amigo mientras se enfrenta a la dura realidad del diagnóstico de VIH de su padre en el México de los años 1990, el film aborda temas de descubrimiento, miedo y estigmas sociales.
A medio camino entre la ficción y el documental, la película retrata una época marcada por la desinformación y el miedo en torno al VIH y la homosexualidad, así como los silencios familiares que a menudo acompañan estos temas. Santamaría, originario de Ciudad de México, reconoce que la ficción le ofreció una vía para acercarse a una verdad emocional relacionada con un periodo crucial de su vida que no entendía del todo.
Para dar vida a su historia, el director se sumergió en su pasado, entrevistando a familiares y revisando fotografías y vídeos caseros. Sin embargo, los recuerdos estaban llenos de vacíos. “Empecé a llenarlos con imaginación”, explica, creando personajes y escenas ficticias inspiradas en hechos reales. Esta interacción entre la realidad y la invención es un hilo conductor en la película, que fue filmada en parte en la misma escuela donde Santamaría estudió.
El protagonista de la historia navega por un mundo adulto repleto de secretos mientras explora sus emociones hacia su amigo Vladimir. La narrativa se desarrolla en un contexto donde el VIH era asociado al miedo y la homosexualidad en el imaginario colectivo, con campañas publicitarias que lideraban mensajes alarmistas que relacionaban la enfermedad con la muerte.
“Asociar homosexualidad, sida y muerte creó un miedo profundo”, recuerda Santamaría. A pesar de los avances sociales en el tema, el estigma persiste, generando soledad y miedo entre quienes aún luchan con su identidad.
En lugar de centrarse en el drama del VIH, la película se enfoca en las emociones y silencios que marcan la vida familiar. A medida que los padres intentan proteger a sus hijos de la tristeza, el niño empieza a captar tensiones que aún no comprende completamente. “Los niños sienten las cosas incluso sin entender”, reflexiona Santamaría, quien destaca los efectos del silencio y el estigma en el descubrimiento de su propia identidad sexual.
Su salida del armario, en lugar de ser un acto consciente, fue un proceso sutil que le dejó una barrera psicológica. Sin embargo, a pesar de la carga emocional, “Seis meses en el edificio rosa con azul” se presenta de manera cálida y luminosa. “Mis padres hicieron un gran esfuerzo por protegernos del dolor; nuestra casa se llenó de color y alegría”.
Con seis años de dedicación a este proyecto, el director siente que la proyección en Cannes representa el cierre de una etapa profundamente personal. “Tengo claro que la película se terminará con su proyección”, concluye. Esta obra no solo es un grito de expresión artística, sino también una exploración de la memoria, el amor y la identidad en un contexto que aún necesita sanación.
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