En un panorama digital donde términos como “apego ansioso”, “burnout” y “trastorno por déficit de atención e hiperactividad” (TDAH) son cada vez más comunes, la línea entre la concientización sobre la salud mental y su transformación en un producto de consumo se ha vuelto peligrosamente difusa. A pesar de que la conversación sobre estos temas ha avanzado notablemente en las últimas dos décadas, plataformas populares como TikTok e Instagram han contribuido a un fenómeno preocupante: la romantización de los trastornos mentales y el auge del autodiagnóstico impulsado por algoritmos.
Datos de UNICEF revelan que más del 50% de los jóvenes mexicanos han buscado ayuda psicológica en algún momento. Sin embargo, investigaciones recientes publicadas en la revista Nature señalan que mientras ciertos trastornos se vuelven virales en las redes sociales, problemas complejos como la esquizofrenia o la bipolaridad siguen siendo marginalizados por el estigma y la desinformación, lo que frena la búsqueda de apoyo clínico genuino.
En medio de esta realidad, la voz de Maureen Terán, conferencista mexicana y autora de “Soy un bipolar real”, se erige como un faro. Terán, quien vive con trastorno bipolar, ofrece una mirada crítica sobre el efecto de la hiperestimulación digital en las emociones cotidianas y advierte sobre los riesgos de confundir la fatiga habitual con enfermedades mentales.
La obra de Terán no solo se sostiene en análisis teóricos, sino en su experiencia personal. A través de su libro, expone, sin filtros, la vida con un trastorno neurobiológico, contrastando la complejidad de los episodios de manía y depresión con las visiones simplistas a menudo infladas en el ciberespacio. Su relato busca educar y acompañar, desmitificando la enfermedad y enfatizando que la aceptación de un diagnóstico es fundamental para vivir de manera plena y funcional.
A diferencia de hace 20 años, cuando el diagnóstico de Terán era un tabú absoluto, hoy existe una vasta cantidad de información en línea. Sin embargo, este exceso informativo a menudo conlleva a la confusión. Terán señala que cerca del 50% del contenido relacionado con la salud mental en redes sociales es erróneo. Esto se debe, en gran medida, a la falta de ética de muchos creadores de contenido que no consideran su responsabilidad. Ella misma limita la exposición de su vida personal, creando de manera estratégica su contenido para preservar su salud mental.
La “estetización” del sufrimiento emocional en las redes también acrecienta preocupaciones. En el entorno digital, la salud mental puede ser retratada a través de dos aristas perjudiciales: la victimización absoluta, que refuerza la idea de que uno no puede ser funcional debido a su malestar, y el positivismo tóxico, que presiona a los individuos a medir su valía por su productividad. Esta dualidad se refleja en la economía de la atención, donde el descanso es visto como una debilidad en lugar de un elemento vital para el bienestar.
Los efectos de esta hiperconectividad están comenzando a mostrar consecuencias severas. Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), la adicción a las redes sociales se encuentra clasificada, y varios estudios demuestran cómo la tecnología contribuye a un profundo aislamiento, exacerbando la ansiedad y la depresión en una juventud cuyo primer contacto matutino a menudo es una pantalla en lugar de una persona.
Para mitigar estos efectos, Terán aboga por educarse sobre las señales de saturación emocional que la vida moderna ha normalizado. Ello incluye reconocer la necesidad de momentos de ocio y silencio, así como evitar el uso del celular en la cama, dado que este hábito perjudica la calidad del sueño, fundamental para la salud mental y física.
En su cotidiano, Terán implementa normas estrictas que llama sus “no negociables”, estableciendo límites sobre su autoexposición. Además, alienta a los usuarios de redes a convertirse en curadores activos de su consumo de contenido, verificando la congruencia entre el mensaje de bienestar que predican ciertos influencers y su vida real.
Finalmente, subraya la importancia de discutir de manera seria enfermedades más complejas. Su activismo busca evidenciar que, a través de la aceptación de un diagnóstico y el seguimiento adecuado de un tratamiento, es posible vivir de manera exitosa y funcional, rompiendo así con el estigma que aún persiste en torno a la salud mental.
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