En la sociedad mexicana, el papel de las mujeres en la economía es indispensable, especialmente en el ámbito del cuidado de terceros. Adrián Escamilla Trejo, colaborador del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad de la UNAM, ha destacado que estas labores, muchas veces ejercidas de manera informal y sin reconocimiento en el sistema financiero, constituyen la base de la economía del país.
Durante su participación en el Seminario Permanente de Justicia Fiscal Desde la Informalidad y la Desigualdad, Escamilla Trejo subrayó cuán crucial es el trabajo no remunerado, que ha sido históricamente desatendido en los análisis económicos. Según datos de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INEGI, las mujeres dedican en promedio cuatro horas y 49 minutos diarios al trabajo doméstico no remunerado, mientras que los hombres solo dos horas y siete minutos. Esta diferencia se traduce en aproximadamente 900 horas al año de trabajo invisible, que muchas veces se conoce como la doble o triple jornada.
Gabriela Ríos Granados, investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, añadió que el valor económico del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado va del 22 al 24% del Producto Interno Bruto (PIB) de México. Esto resalta la importancia y el aporte significativo de estas actividades al desarrollo económico nacional, superando incluso al sector manufacturero.
El doctor Escamilla también abordó la estructura de este trabajo, recordando que en su mayoría es realizado por mujeres y que existe una especie de invisibilidad en torno a su contribución. La actividad de cuidados se considera remunerada solo cuando se ofrece a terceras personas, pero enfrentan la informalidad, ya que el 90% de quienes llevan a cabo estas actividades no cuentan con prestaciones de ley. Esto genera una preferencia por realizar transacciones en efectivo y estar excluidos del sistema financiero.
En este contexto, el Estado, las empresas y las organizaciones civiles deberían asumir parte de la responsabilidad de brindar cuidados a sus ciudadanos, minimizando así la carga que recae en los hogares, donde las mujeres a menudo trabajan de forma gratuita o mal remunerada. Sin los incentivos adecuados, la informalidad persistirá como reacción a la exclusión, creando barreras para que estas trabajadoras exijan sus derechos.
A medida que avanzamos hacia un futuro en el que la confianza en los pagos en efectivo persiste en la sociedad mexicana, se vuelve imperativo reconstruir las condiciones laborales para reconocer y valorar el trabajo de cuidados. Reconocer y legislar sobre estas vitales contribuciones no solo beneficiará a las trabajadoras, sino que también fortalecerá la economía en su conjunto, creando un entorno más justo y equitativo.
Es fundamental seguir reflexionando sobre estas dinámicas, especialmente en un contexto que sigue evolucionando. La situación actual, aunque difícil, resalta la necesidad urgente de una revisión estructural en cuanto al valor del trabajo de cuidados en México.
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