México enfrenta una realidad económica preocupante: es más pobre hoy que en 2018. Entre 2019 y 2025, el crecimiento real del Producto Interno Bruto (PIB) ha sido el más bajo desde la década de los años 80, acumulando apenas un 5% y alcanzando un promedio anual de solo 0.7%. Para poner esto en perspectiva, en el periodo de 1988 a 2018, la economía se expandió en términos reales en un impresionante 116%, con un crecimiento promedio anual de 2.6%. En comparación, los gobiernos de diferentes administraciones han mostrado variaciones significativas en el crecimiento del PIB: 4.0% con Salinas, 3.5% con Zedillo, 2.0% con Fox, 1.8% con Calderón y 2.2% con Peña.
El PIB per cápita, un indicador vital del bienestar económico de los ciudadanos, mostró un incremento de aproximadamente 35% entre 1988 y 2018. Sin embargo, bajo las administraciones de López y Sheinbaum, se ha registrado una disminución acumulada en este indicador de entre 2 y 3% hasta el primer trimestre de 2026. Esto significa que el ingreso nacional real, dividido entre la población, es menor que en 2018, lo que resalta un fracaso significativo en materia económica.
A pesar de que el gobierno sostiene que el PIB no es un indicador relevante y que otros factores son más importantes, esta perspectiva es errónea. Aunque es cierto que el PIB es una medida imperfecta y no captura aspectos como el medio ambiente, la cohesión social o la calidad de vida, sigue siendo el mejor indicador del bienestar agregado de un país. La correlación entre el PIB per cápita y la felicidad, por ejemplo, es notable, oscilando entre 0.7 y 0.8. Esto se debe a que un mayor ingreso permite a los ciudadanos acceder a educación, salud, esparcimiento y otros servicios esenciales.
Además, el PIB per cápita muestra una relación inversa muy fuerte con la pobreza, con un coeficiente de alrededor de -0.9. Este indicador también se asocia positivamente con el desempeño ambiental en ciertos niveles de ingreso, lo que sugiera que un incremento en el PIB puede llevar a mejoras en la calidad del medio ambiente.
La relevancia del PIB es tal que se ha convertido en un predictor casi “mágico” de la superación de la pobreza, la felicidad, y el desarrollo humano. La reciente mejora en algunas mediciones de pobreza en México se ha vinculado más a subsidios masivos y aumentos en el salario mínimo que a un crecimiento real en el empleo formal o la productividad, lo que implica que esta situación es insostenible a largo plazo.
Es crucial entender que el PIB es el resultado de la combinación del consumo privado, la inversión privada, el gasto del gobierno y la balanza comercial. En este sentido, la manera en que el gobierno destina sus recursos tiene un impacto directo en la economía. Sin embargo, los recientes problemas en salud pública y educación, así como el deterioro en otros servicios, reflejan no solo un estancamiento en el crecimiento, sino también una gestión deficiente de los recursos.
Como se puede observar, la economía mexicana está en una encrucijada; la “magia” del PIB ha dejado de funcionar. Si el país busca un camino hacia la recuperación y el bienestar de sus ciudadanos, será vital reconsiderar las políticas económicas y enfocarse en un crecimiento real y sostenible que beneficie a todos.
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