El pasado y el futuro se entrelazan de manera inquietante, mientras esta misma semana la invasión rusa de Ucrania ha alcanzado una duración sin precedentes: 1,566 días, superando ya a la Primera Guerra Mundial. Aunque los conflictos son desiguales en magnitud, un patrón común emerge: los grandes avances tienden a ocurrir en los primeros meses, antes de que la evolución tecnológica transforme el escenario en una guerra de posiciones, marcada por la inacción y el alto costo en vidas.
Previo al estallido de la Gran Guerra en 1914, los reyes de Europa habían establecido alianzas matrimoniales con la esperanzada convicción de que evitarían el conflicto. Jorge V de Inglaterra, el káiser Guillermo de Alemania y el zar Nicolás II de Rusia —primos todos y nietos de la Reina Victoria—, se encontraban en el centro de este entramado. Así, la Primera Guerra Mundial se erigió como un punto de inflexión: el término “el mundo de ayer”, acuñado por Stefan Zweig, retrata la caída de un orden, mientras que Eric Hobsbawm habla del inicio de una “era de las catástrofes”.
Históricamente, las guerras anteriores a 1914 se caracterizaban por su dinamismo, donde la rapidez jugaba un papel crucial. En contraposición, los estrategas europeos de 1914 previeron una contienda breve y en movimiento. Sin embargo, el desarrollo de tecnologías bélicas hizo que el ataque se volviera casi suicida.
Entre estas innovaciones, la ametralladora Maxim se erige como la más decisiva. Con una capacidad de disparo de 600 proyectiles por minuto y operada por solo dos hombres, un único nido de ametralladoras podía frenar el avance de miles de soldados. El primer día de la Batalla del Somme, el 1 de julio de 1916, el ejército británico sufrió atrocidades, con 57,000 bajas en solo unas pocas horas, destacando la letalidad de este artefacto. En la actualidad, se pueden observar ametralladoras Maxim en manos ucranianas, utilizadas para derribar drones rusos, reflejando la continuidad de este fenómeno: el movimiento en combate se vuelve más peligroso que la inacción.
El alambre de espino, que emergió en los años 70 del siglo XIX, probó ser un obstáculo militar económico y eficaz, retrasando a los soldados el tiempo suficiente para que las ametralladoras causaran estragos. Por su parte, la artillería de largo alcance permitió enfrentar concentraciones de tropas desde distancias considerables, aunque su uso previo a los asaltos a menudo alertaba al enemigo sobre los ataques inminentes.
Con el telégrafo y el ferrocarril, la guerra se modernizó. Estos avances, que a primera vista parecían ser ventajas ofensivas, resultaron ser armas defensivas eficaces, permitiendo una rápida reubicación de tropas ante cualquier brecha en el frente.
El uso de drones en Ucrania comenzó de manera cautelosa y se ha convertido en una revolución en la guerra moderna. A medida que la escasez de municiones y equipamiento se vuelve palpable, los soldados ucranianos han tenido que recurrir a drones de bajo costo, transformando la dinámica del conflicto. Este fenómeno ha creado zonas de aniquilación, donde la única opción para avanzar es asumir riesgos extremos, capturando la esencia de lo que en la Gran Guerra fue conocido como “tierra de nadie”.
Las similitudes son inquietantes: en ambos conflictos, a los soldados se les envía a avanzar bajo un fuego devastador y, en una cruel ironía, muchos terminan siendo sacrificados sin razón estratégica significativa. Un ejemplo moderno es el de Bajmut, una ciudad arrasada que Rusia tomó tras meses de intenso combate, con centenares de miles de bajas y un resultado estratégico casi nulo.
Mientras que antes de 1914, las guerras causaban decenas de miles de bajas, la Primera Guerra Mundial dejó un saldo aterrador de entre 15 y 20 millones de fallecidos, en parte debido a la capacidad industrial de las naciones para producir armas a un ritmo sin precedentes. La guerra de desgaste actual ha tenido un efecto similar, desgastando los recursos y arsenales de ambos bandos.
Así, la historia no se repite, pero rima. Las respuestas desesperadas ante el estancamiento en ambos conflictos son marcadas por innovaciones que prometían cambiar la dinámica de combate, pero que, en última instancia, no lograron resolver la situación. La frase del historiador John Keegan sobre la tecnología que debía acortar la guerra, pero la eternizó, se hace eco en la actualidad.
La historia nos invita a reflexionar, recordando que, en el plano bélico, el avance tecnológico puede ser tanto un salvavidas como un verdugo. La ruptura de un conflicto que se sostiene por la inercia de las viejas estrategias y nuevas tecnologías depende más que nunca de factores internos, donde el descontento y la fatiga pueden llevar a una nación a colapsar desde dentro, tal y como ocurrió con Rusia tras su entrada en la Gran Guerra.
Actualización: Los últimos informes indican que el conflicto se ha intensificado, con una tasa de bajas comparable a la de la Primera Guerra Mundial.
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