El Mundial de fútbol se prepara para rodar en México, y las cameras de medio mundo están listas para captar cada momento. Sin embargo, cada vez que se anuncia un torneo de esta magnitud, también surgen voces que advierten sobre los riesgos económicos. De los últimos catorce Mundiales desde 1966, doce han terminado con pérdidas financieras para sus países anfitriones, mostrando un retorno promedio del -31% en las tres ediciones más recientes. La conclusión parece evidente: organizar la Copa puede costar más de lo que se recupera. Pero, ¿estamos midiendo correctamente los beneficios en el caso de México?
En 2025, México se colocó como el sexto país más visitado del mundo, solo detrás de Estados Unidos en América, recibiendo a 47.8 millones de turistas internacionales que inyectaron más de 31,700 millones de dólares en su economía. El turismo, que ofrece empleo a casi cinco millones de personas y representa alrededor del 10% de los trabajos totales, coloca al país en el octavo lugar mundial en términos de PIB turístico, de acuerdo con datos del WTTC.
Las proyecciones indican que el Mundial podría atraer más de diez millones de turistas adicionales, con una posible expansión del turismo internacional superior al 26% durante el año del torneo. España, que será sede de la Copa de 2030, ya se ha propuesto incrementar en un 15% el número de visitantes. De esta manera, el Mundial no solo es un evento que atrae turismo, sino que, bien aprovechado, puede actuar como un catalizador para el crecimiento en este sector.
Sin embargo, el verdadero riesgo radica en lo que algunos denominan “elefantes blancos”. No es el evento en sí, sino las inversiones mal planificadas que quedan después. Un claro ejemplo es el estadio Mané Garrincha en Brasilia, que costó 900 millones de dólares —tres veces su presupuesto original—, se utiliza solo al 20% de su capacidad y depende de subsidios públicos. Otros estadios en Brasil y Sudáfrica han enfrentado destinos similares, convirtiéndose en cargas financieras para sus ciudades.
Afortunadamente, México parece estar tomando un enfoque diferente. No se levantarán estadios desde cero; en cambio, se están realizando remodelaciones en recintos ya existentes como el Estadio Azteca, el Akron y el BBVA. Esta estrategia, que evita la creación de infraestructuras innecesarias, podría significar la diferencia entre un gasto productivo y un elefante blanco financiero.
La verdadera apuesta para México está en los 225 mil millones de pesos destinados a proyectos de infraestructura en torno al torneo. Esto incluye mejoras en movilidad, aeropuertos y transporte. Monterrey ha propuesto un plan de 105 mil millones que contempla nuevas líneas de metro y carreteras; Guadalajara está construyendo una nueva terminal aérea; y la Ciudad de México moderniza la Línea 1 del Metro y añade un tren ligero. Si estas inversiones se planifican de forma adecuada, pueden beneficiar tanto al turismo como a las ciudades mucho después de que termine el torneo.
Por lo tanto, el Mundial en México tiene el potencial de ser un éxito, no tanto por las entradas de taquilla, que son limitadas, sino por la oportunidad de presentar al país ante el mundo y avanzar en infraestructura crítica. No obstante, el éxito dependerá de no confundir la celebración con la inversión y de evitar dejar proyectos concluidos sin uso. Al final, cuando las luces se apaguen y la atención se desplace a otros lugares, lo que quedará en pie será el verdadero legado de este evento.
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