La incertidumbre económica en América del Norte se intensifica, especialmente cuando se analizan las relaciones entre México y Estados Unidos. Las casas de apuestas, como Polymarket, otorgan a México solo un 1% de probabilidades de ser campeón del mundo en fútbol durante el 2026. En contraste, Scotiabank Economics estima un 10% de posibilidades de que Estados Unidos solicite la conclusión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Si bien estos porcentajes parecen bajos, generan un ambiente de preocupación y especulación.
Aunque la probabilidad de que Estados Unidos abandone el T-MEC no es alta, la tensión subyacente es palpable. Lo que se proyecta es que el acuerdo comercial continuará, pero con modificación de ciertas reglas que van más allá de los aranceles. De hecho, se anticipa la inclusión de temas como seguridad y migración, lo que transforma el T-MEC en un foro que aborda también cuestiones sociales y políticas.
Un aspecto crucial es el desequilibrio en la relación comercial. Estados Unidos no parece estar interesado en mantener una relación equitativa; en cada desacuerdo, busca reafirmar su posición dominante en la región. Este fenómeno se ilustra en un relato de la interacción entre el secretario de Economía de México, Marcelo Ebrard, y Howard Lutnik, secretario de Comercio estadounidense. Lutnik destaca la estrategia que lo llevó al éxito: siempre satisfacer las demandas de su cliente principal, sugiriendo que México, al vender el 83% de sus exportaciones a Estados Unidos, tiene poco margen para rechazar sus exigencias, aunque estas sean consideradas injustas.
A pesar de que México ha ganado terreno como el socio comercial más importante de Estados Unidos, esta proximidad viene acompañada de una creciente vulnerabilidad. Desde 2018, las exportaciones mexicanas hacia el norte han escalado de 356,000 millones de dólares a una proyección de 534,000 millones de dólares para el 2025. Además, más del 50% de su consumo de gasolina, gas natural y maíz proviene de su vecino del norte.
Sin embargo, no todas las regiones de México sufren por esta dependencia; los estados más conectados con la economía estadounidense disfrutan de un PIB per cápita de tres a cinco veces superior al de aquellos con escasa relación económica. Este vínculo ha incentivado la prosperidad en ciertas áreas, aunque a costa de una fragilidad que puede ser peligrosa.
En la reciente segunda ronda de negociaciones sobre el T-MEC, las discusiones abarcaron aspectos concretos como la industria automotriz, el sector agrícola y los aranceles sobre el acero. También se exploraron temas más abstractos relacionados con la seguridad económica y la competencia justa, abordando cuestiones fundamentales como el estado de derecho y los compromisos laborales.
Marcelo Ebrard ha mantenido una postura cuidadosa ante la creciente rigidez de las autoridades estadounidenses. Las negociaciones, complicadas en los últimos meses, coinciden con la reciente solicitud de detención de Rubén Rocha Moya. Esta situación deja entrever un panorama difícil, donde se dialoga sobre un tratado de libre comercio en un contexto global de proteccionismo, representado por una administración estadounidense que parece favorecer los aranceles y cuestionar el libre comercio.
La pregunta que persiste es: ¿podrá México resistirse a las demandas de su principal cliente, quien controla la dinámica comercial en el continente? La respuesta a esta inquietud será crucial no solo para la economía mexicana, sino también para su estabilidad futura en un entorno cada vez más impredecible.
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