En la era digital, donde los dispositivos móviles han tomado el control de nuestras vidas, surge un fenómeno en TikTok conocido como el “analogcore”. Este contenido ofrece un respiro a la constante sobrecarga de información y sensaciones superficiales que generan las interacciones digitales. A diferencia del contenido relajante de ASMR, el analogcore se manifiesta a través de la presentación de habilidades manuales complejas y gratificantes. Entre los creadores que han capturado la atención de miles se encuentran aquellos que reparan techos de paja británicos o convierten troncos de árbol en elegantes cuencos. Para los espectadores, la satisfacción proviene de una experiencia sensorial vicaria, casi tangible: observar cómo la paja se golpea firmemente o cómo una baldosa encaja perfectamente en su lugar es, sin lugar a dudas, un deleite.
Este contraste entre el consumo de contenido a través de un dispositivo de pantalla lisa y la naturaleza física de las habilidades exhibidas es, a la vez, irónico y revelador. Al respecto, el profesor y autor Ian Bogost señala que este tipo de visualización refleja una búsqueda de “gratificación”, ese placer perdido en las interacciones cotidianas a las que muchos nos hemos desconectado.
En su libro, Bogost argumenta que la tecnología moderna ha despojado nuestras vidas de los pequeños deleites sensoriales, sustituyéndolos por interacciones automatizadas y superficiales. ¿Cuántos de nosotros hemos dejado de disfrutar de las texturas y sonidos que acompañan las tareas diarias, desde el chasquido de un pomo de una puerta hasta el aplastamiento de la pintura en una brocha? El autor invita a los lectores a redescubrir esas experiencias, desde la delicia que ofrece el roce del papel de un boleto hasta el contrapunto sonoro de una máquina de hielo. Al hacerlo, sugiere que podemos resistir lo que él llama “dematerialización”, una pérdida de la esencia táctil de nuestra existencia.
Después de casi dos décadas desde el lanzamiento del primer iPhone, la omnipresencia de la tecnología siempre activa ha llevado a la saturación digital. Este dispositivo, que simplifica tareas como entrar al transporte público o comunicarse con seres queridos, también ha llevado a una experiencia plana y sin texturas. Elementos físicos como tarjetas de presentación o herramientas en ferreterías han sido reemplazados por la conveniencia digital, lo que ha resultado en una pérdida de satisfacción en nuestras interacciones cotidianas.
Sin embargo, la melancolía que siente Bogost por los objetos analógicos no debe interpretarse como un rechazo total de la tecnología moderna. Si bien apela a la satisfacción de las experiencias físicas, también reconoce que no todas las interacciones digitales son insatisfactorias. La inmersión total en series de televisión de alta calidad, disfrutadas a través de pequeños dispositivos y acompañadas de auriculares que cancelan el ruido, representa un placer sensorial indiscutible que caracteriza a nuestro tiempo.
La conversación actual sobre el equilibrio entre el uso de tecnología y el disfrute de experiencias táctiles ha cobrado relevancia en el contexto de un mundo cada vez más digitalizado. Es fundamental identificar y celebrar esos momentos de placer que a menudo pasamos por alto en el fragor del día a día. A medida que navegamos por la complejidad de la modernidad, la llamada a apreciar lo “pequeño” se convierte en un recordatorio crucial de que nuestras vidas están llenas de experiencias sensoriales esperando a ser reconocidas, ya sea que vengan de lo analógico o de lo digital.
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