La reciente evaluación de la guerra entre Estados Unidos e Irán sugiere que, aunque Washington no alcanzó un golpe decisivo, logró importantes objetivos estratégicos. Según expertos, la operación militar, conocida como Epic Fury, debilitó considerablemente las capacidades nucleares y militares de la República Islámica, dejándola en su punto más frágil desde la revolución de 1979. Matthew Kroenig, un analista destacado en el ámbito de la seguridad, argumenta que la afirmación de una derrota catastrófica para Estados Unidos es una “hipérbole errónea”. Si se interpretan los resultados de forma acumulada, el balance favorece notablemente a la administración de Donald Trump.
La campaña militar, tal como sostiene Kroenig, logró incapacitar partes del programa nuclear iraní, las fuerzas convencionales y su estructura de liderazgo, además de acentuar una crisis económica severa en Irán, caracterizada por una hiperinflación descontrolada y una caída del Producto Bruto Interno (PBI) proyectada del 6%. Los daños causados por la guerra se estiman en aproximadamente 270.000 millones de dólares, y las fuerzas armadas iraníes quedaron tan deterioradas que ya no pueden presentar un daño significativo a las fuerzas estadounidenses.
La situación política interna en Irán se revela igualmente conmovedora. Tras la guerra, el liderazgo clave, incluido el ayatolá Alí Khamenei, se vio amenazado, lo que le envió un mensaje claro a los futuros líderes sobre las consecuencias de reiterar tácticas represivas. Aunque el objetivo de cambiar el régimen no fue alcanzado, Kroenig sostiene que eso no era necesariamente un objetivo principal de la estrategia estadounidense.
Un análisis de las dinámicas geopolíticas también surge de esta perspectiva. A pesar de las críticas sobre el gasto militar, el autor argumenta que la operación demostró la disposición y capacidad de Estados Unidos para llevar a cabo acciones militares de gran escala, lo que debería hacer reflexionar a líderes como Vladimir Putin y Xi Jinping sobre las posibles respuestas estadounidenses a ataques en regiones críticas como Europa o Taiwán.
El cierre del estrecho de Ormuz, impuesto por Irán como represalia, tuvo un impacto significativo en la economía global, provocando una inflación acelerada. Kroenig destaca que este intercambio de destruir el aparato militar de Irán podría observarse como un “buen intercambio”, a pesar de las dificultades económicas resultantes. Sin embargo, la reapertura del estrecho se considera crucial para el restablecimiento de flujos energéticos en el mercado global.
La evaluación resalta que Irán no puede permitirse perder su capacidad nuclear y militar, ya que depende de la no intervención estadounidense o israelí. A pesar de las promesas de reconstrucción, las mismas son vistas con escepticismo, y es poco probable que un programa nuclear sea abandonado por los líderes iraníes.
Este análisis deja entrever que, mientras la guerra no dio lugar a un cambio de régimen, sí alteró la trayectoria de las relaciones internacionales en el Medio Oriente, reforzando la posición de aliados estadounidenses como Qatar, que después del conflicto vio su postura hacia Irán transformada. En definitiva, la narrativa de una victoria para Estados Unidos, aunque matizada por costos significativos, resuena con la idea de que la asimetría fundamental en la región sigue favoreciendo a la potencia americana e Israel.
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