El 22 de junio de 2026, el mundo de la economía se despidió de Alan Greenspan a la edad de 100 años, un protagonista indiscutible de la política económica mundial entre 1987 y 2006. Su trayectoria como presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos estuvo marcada por decisiones que influenciaron profundamente a los mercados y a la economía global.
Greenspan asumió su cargo en un momento crítico. En octubre de 1987, apenas un mes después de su llegada, el mercado bursátil sufrió un desplome histórico del 22.6 % en un solo día, superando incluso la caída del Viernes Negro en 1929. Ante este panorama, implementó una inyección masiva de liquidez en el sistema financiero, una acción que ayudó a contener el pánico y prevenir un colapso bancario de grandes proporciones.
Durante la década de 1990, Greenspan logró anticipar la revolución tecnológica que estaba transformando la economía. Entendió que el crecimiento de la productividad podía ser más acelerado y con menor desempleo sin provocar inflación, lo que llevó a mantener tasas de interés considerablemente bajas. Por años, su enfoque parecía acertado, y sus decisiones fueron vistas como acertadas en un entorno de prosperidad económica.
No obstante, esta percepción se torcería tras su mandato. En 2008, el colapso del mercado hipotecario desencadenó una crisis financiera global de magnitud, resultando en la caída de instituciones que se creían invulnerables. Con el tiempo, se cuestionó si las políticas de Greenspan, especialmente las tasas de interés bajas, fueron culpables del auge y la posterior caída del mercado inmobiliario. Investigaciones, como la del economista John Taylor en 2009, sugerían que un enfoque más conservador podría haber evitado el desastre.
Asimismo, en 1998, Greenspan y otros influyentes como Robert Rubin y Lawrence Summers descartaron propuestas de mayor transparencia en los mercados de derivados financieros. Este rechazo, justificado por su creencia en la autorregulación del mercado, terminó por catalizar la crisis, demostrando que su fe en la irracionalidad de los operadores fue un error oportuno.
En su obra de 2013, Greenspan se enfrentó a las críticas reconociendo que los modelos económicos fracasaron porque asumían que los agentes del mercado actuarían de manera racional. Lo que demostró la crisis fue que muchas instituciones estaban impulsadas por incentivos de corto plazo y un optimismo desmedido, fenómeno que estudios como los de Kahneman y Tversky han documentado con precisión.
El Greenspan que había defendido la fe en los mercados terminó expresando su “conmocionada incredulidad” ante el hecho de que las instituciones no operaron bajo los parámetros de autorregulación esperados. Su legado, por tanto, no solo se refleja en los éxitos económicos de su gobierno, sino en las profundas lecciones aprendidas que aún resuenan en el análisis económico contemporáneo.
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