La “coolness”, ese concepto etéreo que parece escurrirse entre los dedos, ha tenido un viaje fascinante en el mundo del entretenimiento y la tecnología. Durante décadas, figuras como Martin Scorsese han sido símbolos de esa “coolness”. Sin embargo, la pérdida de tal estatus se ha hecho evidente en los últimos años, especialmente tras el acuerdo del cineasta con una startup de inteligencia artificial para storyboard, que ha suscitado reacciones mixtas.
Mientras Scorsese ha visto caer su imagen en un contexto donde el “cool” solía ser sinónimo de su persona, el estudio A24 se había establecido como una referencia cultural contemporánea. Sin embargo, su reciente asociación con Google DeepMind ha generado un debate sobre la autenticidad de su enfoque creativo. Este vínculo, que implica un financiamiento de 75 millones de dólares, ha llevado a los críticos a cuestionar su compromiso con la creatividad humana. En un mundo donde “venderse” puede resultar en la pérdida de credibilidad, A24 se enfrenta ahora a reacciones adversas que incluyen amenazas de boicot.
Si bien la tecnología fue vista alguna vez como el epítome de la modernidad y el progreso —recordemos los primeros estrenos de “Tron” y el auge de Apple bajo Steve Jobs—, la percepción ha cambiado drásticamente. En 2022, el lanzamiento de ChatGPT por OpenAI marcó un momento de euforia tecnológica que rápidamente se desvaneció ante el temor creciente sobre los efectos perniciosos de la IA en el empleo y la vida cotidiana. La transición del hardware tangible a la inmaterialidad de la IA ha alimentado temores sobre su influencia en nuestras vidas y carreras.
OpenAI, que había experimentado ese breve momento de “coolness”, ahora se encuentra en el centro de la controversia por su evolución hacia un modelo de negocio más agresivo. Las decisiones de su director, Sam Altman, —incluyendo gestionar un intento de golpe en su junta directiva y su participación en la ceremonia de inauguración de Donald Trump— han contribuido a erosionar su reputación ante los consumidores.
Curiosamente, mientras algunas empresas tecnológicas han perdido su estatus por la percepción pública de su relación con la IA, otras han logrado mantener su credibilidad. Apple, por ejemplo, ha evadido las controversias de la IA, prefiriendo un enfoque de bajo perfil donde lo “cool” aún reside en su diseño y experiencia con los consumidores. Sin embargo, la creciente presión legislativa respecto a las redes sociales y los smartphones ha comenzado a generar un cambio de percepción en el público.
Hoy, la situación de A24 es especialmente ilustrativa. Con su innovadora oferta cinematográfica e impacto en la taquilla, este estudio había alcanzado un estatus de reverencia en la cultura pop. Sin embargo, su apuesta por la IA corrió el riesgo de diluir su imagen original. Los críticos advierten que la autenticidad, que una vez fue el sello distintivo de su marca, puede verse comprometida por su reciente compromiso con Google.
Mientras el panorama tecnológico sigue evolucionando, es probable que surjan nuevas voces y talentos que exploten la IA de maneras ingeniosas, algo que ya está sucediendo. Esta nueva generación de creadores podría reintegrar la “coolness” en un contexto más amplio, donde lo humano y lo artificial conviven armónicamente.
Sin embargo, para A24, la tarea de recuperar su estatus de “cool” no será sencilla. La historia demuestra que se requiere tiempo para construir una reputación sólida, pero solo un paso en falso para ponerla en riesgo. El dinamismo de la creatividad en 2026 y más allá será un reflejo de esta tensión continua entre tecnología y arte, mientras el mundo observa cómo se desarrolla esta narrativa.
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