El viaje de regreso a la provincia mexicana a menudo implica una escala obligada en el aeropuerto de la Ciudad de México, un punto de partida para muchos. Así lo experimentó un cirujano y director general de un hospital que, tras disfrutar de unos días en la playa, se encontró en un vuelo hacia Veracruz. Tomando asiento en la 1A, notó que su vecino en la 1B, un hombre de más de sesenta años, se sumergía en un libro con la velocidad que sorprendió al viajero.
El hombre, vestido con un atuendo casual y elegante, leía “¿Quién es dueño de la pobreza?”, de Martin Burt, pasando las páginas con un enfoque sorprendentemente rápido. Atraído por la curiosidad y la reciente decisión de abrirse a conversaciones con desconocidos, el cirujano se aventuró a preguntar.
La respuesta del vecino fue clara; no se trataba de velocidad, sino de un enfoque estratégico para absorber la esencia del contenido, un principio que resonaría con el cirujano más allá del vuelo. En su conversación, exploraron lugares visitados y sus motivaciones para viajar, estableciendo un vínculo que, sin saberlo, se basaba en la prudencia y la observación.
Cuando el cirujano compartió los dilemas estratégicos que enfrentaba en su trabajo, el consejo del empresario fue simple pero profundo: “Decide como cuando vas a rebasar un coche en la carretera”. Esta metáfora resaltaba una verdad crucial: la visibilidad es más importante que la valentía. En el ámbito de los negocios, es común admirar las historias de quienes arriesgaron todo y triunfaron, pero esas narrativas a menudo eclipsan las lecciones vitales aprendidas a través de la prudencia.
La sabiduría convencional, reiterada por figuras como Warren Buffett, sugiere que el enfoque prudente en lugar de arriesgado es a menudo lo que lleva al éxito sostenible. La primera regla del inversionista no es perder dinero; una recomendación que parece sencilla, pero que requiere una comprensión profunda y una actitud decidida para evitar errores irreversibles. En medicina, el enfoque minimalista puede ser igualmente crucial, ya que la habilidad de decidir no operar puede ser tan importante como realizar la intervención misma.
El principio de “Primum non nocere” en medicina sirvió de recordatorio de que la acción no siempre es la solución. La presión del entorno suele empujar hacia la acción, pero el arte de esperar y observar puede evitar complicaciones ocultas. Las victorias de la prudencia no suelen ser evidentes; lo que se evita no aparece en las estadísticas y, a menudo, se confunde la templanza con la timidez.
El piloto anunció que alcanzaban los diez mil pies, y el cirujano continuó dialogando, cada vez más consciente de la validez de las lecciones ofrecidas por su compañero; un hombre que, tras ser reconocido como Daniel Servitje, presidente del Grupo Bimbo, transmitía no solo conocimiento, sino también un legado de liderazgo prudente.
Con el viaje llegando a su fin, la frase de Servitje resonó: “Si no ves, no rebases”. Esta síntesis de la reflexión no solo se aplicaba al contexto del viaje, sino que se extendía a la vida profesional y personal, reforzando que la disciplina de esperar lo suficiente es, fundamentalmente, la base de la toma de decisiones acertadas.
Las decisiones más costosas suelen nacer no de la prudencia excesiva, sino de la impatiencia de actuar antes de tener una visión clara. En todos los ámbitos, desde la medicina hasta los negocios, la capacidad de discernir cuándo avanzar y cuándo esperar es un valor crucial que se celebra con menos frecuencia de lo que merece.
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