La idea es de Xi Jinping. Tiene raíces milenarias, como todo en China, pero el emperador rojo la aplica al declive de Estados Unidos y a la oportunidad que se abre ante China para convertirse en la potencia hegemónica del siglo XXI. Son muchos los acontecimientos que corroboran la frase pronunciada por el dirigente chino en 2017, antes de que Trump se instalara en la Casa Blanca, sobre los “grandes cambios jamás vistos en este siglo”.
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El más reciente, sin relación con China, acaba de golpearnos y todavía nadie se ha repuesto de la estupefacción. La historia truculenta de los magnicidios políticos acaba de incorporar a la lista sangrienta el perpetrado en la noche del pasado martes al miércoles contra el presidente de Haití, Jovenel Moïse, por un comando paramilitar formado mayoritariamente por exmilitares colombianos, ante la pasividad o quién sabe si la complicidad de la guardia presidencial.
El asesinado ha tenido seis primeros ministros en cuatro años y había nombrado un séptimo que todavía no había tomado posesión: ahora el entrante y el destituido todavía en ejercicio se disputan la primacía.


