Venezuela ha sido sacudida recientemente por un doble terremoto, un evento que, aunque esperado, ha tomado al país por sorpresa debido a la falta de preparación. En una entrevista reveladora, Raúl Estévez, geofísico y profesor de la Universidad de Los Andes en Mérida, expone la crítica situación de la infraestructura sísmica en el país: de las 300 estaciones de monitoreo que existían, solo cuatro están en funcionamiento. Este alarmante dato subraya la vulnerabilidad de Venezuela ante fenómenos sísmicos, particularmente en el occidente, que se consideraba una “bomba de tiempo”.
Durante la conversación, Estévez explica el contexto de estos temblores. El país ha experimentado una serie de movimientos sísmicos en distintas regiones desde mediados del siglo pasado. En 1967, un terremoto devastó Caracas, y en 1997 ocurrió el sismo de Cariaco. Desde entonces, los expertos habían advertido sobre la necesidad de liberar la tensión acumulada en el occidente del país, una región conocida por sus “brechas sísmicas” o “zonas de silencio”.
Aunque la reciente actividad sísmica ha sorprendido por la cercanía de los epicentros, se sabía que el occidente de Venezuela era propenso a este tipo de desastres. Sin embargo, el debilitado sistema de monitoreo ha hecho que la información sobre los epicentros sea escasa. Estévez señala que los datos actuales provienen principalmente de estaciones sísmicas internacionales, ya que el sistema nacional se ha descuidado por problemas de gobernanza.
Frente a esta realidad, el geofísico subraya la urgente necesidad de preparar al país para situaciones de emergencia. La escasez de sismólogos capacitados ha llevado a una desasistencia significativa; muchos especialistas han abandonado el país por salarios insuficientes. Restaurar la red de estaciones sismológicas y formar nuevos profesionales son pasos esenciales que deben tomarse.
La seguridad de la población también es un aspecto crítico a considerar. Estévez recuerda la importancia de evaluar la integridad estructural de los edificios antes de volver a entrar, y recomienda medidas preventivas, como cerrar el gas y estar listos para salir a la calle con equipos de protección y suministros como agua y alimentos no perecederos. Las réplicas, que pueden ser de magnitudes entre 5 y 6, son una posibilidad real y requieren de una respuesta organizada de la ciudadanía.
En áreas como el estado de Vargas y ciertas zonas de Caracas, la afectación ha sido más severa. La alta densidad de población, junto con la geografía frágil de Caracas, han puesto a estos lugares en mayor riesgo. Tras el sismo de 1967, se evidenció que no solo la calidad constructiva, sino también el tipo de terreno, ha sido un factor determinante en el daño causado. Las zonas de mayor impacto, como Altamira y Chacao, sienten más las consecuencias de los sismos debido a la resonancia de las ondas sísmicas en los edificios altos.
Por último, la posibilidad de un tsunami tras estos terremotos es mínima, a menos que ocurra un sismo en una falla submarina de gran magnitud. Los recientes movimientos, que tuvieron lugar en tierra firme, no presentan este riesgo, aunque el impacto en la población y la infraestructura es innegable.
A medida que el país busca recuperarse de esta crisis, queda claro que la preparación y la inversión en infraestructura sísmica deben ser prioridades. La falta de datos, el debilitamiento de las instituciones y el éxodo de profesionales son desafíos que Venezuela no puede permitirse ignorar si quiere proteger a su población de futuros desastres.
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