Tadej Pogacar abre la puerta y se fuga el pelotón. Hay de todo delante, jóvenes lobos, viejos rockeros, clásicos, oportunistas, escaladores y soñadores. Y un soñador gana la etapa, Sepp Kuss, un americano de Durango, Colorado, con mirada de vaquero de western, de Río Bravo, quizás, siempre poniéndose la mano en la frente para mirar hacia el oeste, hacia la puesta del sol que le guía, feliz haciendo relinchar su caballo. Así entra el Tour de Francia en los Pirineos ardientes.
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Para enseñar su mirada a todos, Colorado Kuss se quita las gafas negras unos metros antes de cruzar la meta, y en plena borrachera de alegría, las lanza al público. Luego, solo 23s más tarde, llega Alejandro Valverde, el mejor de los viejos rockeros, segundo en la etapa, y casi le abraza y le felicita como un padre a un hijo que ha aprobado la selectividad, y más contento que él, incluso, o como el veterano que con los ojos encantados lleva el ritmo con una caja mientras el niño con un banjo le canta a su chica una balada.
Por edad, aunque tenga 41 años y 78 días, y nadie tan mayor como él ha quedado nunca segundo ni primero en una etapa del Tour, no podría ser su padre: Kuss, hombre de confianza de Primoz Roglic liberado, y ya ganador en Asturias de una etapa en la Vuelta del 19, no es muy mayor, pero ya tiene 26 años.
A la fuga solo faltan Pogacar, sus amigos y el grupo de amigos/enemigos (el coro de secundarios habituales), tan arrimaditos los siete, tan traviesos, que en las montañas de Andorra, en la interminable Envalira, en la brusca Beixalís, parecen una panda de niños jugando al escondite en el bosque, ahora me ves, ahora me voy, ahora dónde estoy, cuenta hasta 10 y ven a buscarme.


