A las 22:00 horas, la estación de metro de Héroes de Ucrania se convierte en un refugio para decenas de personas. En el subsuelo, la atmósfera está impregnada de una mezcla de angustia y camaradería. La gente se acomoda sobre colchonetas, esterillas de goma espuma, tiendas de campaña y camas inflables, cada uno buscando resguardo ante los incesantes ataques.
Cristina Niluvova, una diseñadora gráfica de 23 años, describe cómo, junto a su novio Serhiy Chubirk, han adaptado su vida a esta nueva realidad. Compraron una hamaca y una colchoneta hace un año y medio, desistiendo de llevar los cojines del sofá por lo incómodo que resultaba dormir en casa. “Nuestra casa está a solo seis minutos del metro, y con los misiles balísticos que vienen del norte, sólo tenemos dos minutos para encontrar refugio”, explica Cristina, quien ha aprendido a vivir al margen de su profesión, sumándose a la jerga militar que ha invadido cotidianamente su entorno.
La conversación se interrumpe abruptamente cuando su teléfono emite una alerta. La aplicación oficial de amenazas aéreas ha anunciado que un cohete ruso se dirige hacia Kiev. “¡Es un balístico, corre, corre!”, grita mientras se apresura al subterráneo, arrastrando a otros residentes que, por un instante, prefirieron disfrutar del aire fresco de la noche.
Esa noche, las calles de Kiev se tornan desiertas, solo interrumpidas por ambulancias y equipos de rescate. A las 2:00 de la mañana, el verdadero horror comienza con una oleada de explosiones. La guerra en Ucrania ha provisto a sus ciudadanos de un insólito conocimiento sobre los inminentes ataques, ya que los bombardeos se anticipan con tiempo. Canales de Telegram advierten sobre la inminente ofensiva: “El ataque de drones es solo el comienzo”, se advierte, instando a la población a buscar refugio.
Volodimir Zelenski, el presidente ucraniano, quien se encontraba de viaje en Irlanda, alerta sobre un ataque masivo en una rueda de prensa. “Tenemos informaciones muy preocupantes sobre la preparación de un ataque masivo ruso”, declara. Poco tiempo después, el bombardero se extiende, dejando al menos 23 muertos y cerca de un centenar de heridos, según el alcalde Vitali Klitschko.
La fuerza aérea ucraniana detalla que Rusia lanzó casi 500 drones y 74 misiles contra la capital. Desde el Ministerio de Defensa ruso, se argumenta que estos ataques son represalias por los “ataques de Ucrania contra la infraestructura civil”. Este patrón de ataque ha evolucionado, concentrando misiles en una sola salva, lo que indica una escalada en la llamada “Guerra de las Ciudades”.
Recientemente, el uso de misiles balísticos hipersónicos ha aumentado, complicando la tarea de interceptar los ataques. Según el análisis de expertos, los misiles de crucero han disminuido en uso, mientras que en 2022 constituyeron entre el 70 y el 80% de los ataques, ahora reconfigurando las estrategia rusa hacia los misiles balísticos.
La noche de horror culmina en Darnytskyi, donde un edificio de nueve plantas ha sido devastado. Equipos de rescate buscan entre los escombros a varios residentes, incluyendo a una adolescente de 15 años y su familia. Los supervivientes, como Vitaly Cherchuk, quien ya perdió su hogar en Donbás, enfrentan nuevamente la desolación. “No entiendo a los rusos. Solo quieren destruir y matar sin sentido”, expresa con desesperanza.
En medio de la confusión, Mykola, un hombre de 63 años, recuerda cómo la oleada de destrucción se sintió como una “enorme bola de luz”. Los ecos de su rabia resuenan entre los escombros, reflejando el profundo dolor de quienes han visto sus vidas desmoronarse repetidamente.
La situación en Kiev representa un claro recordatorio de la angustiosa realidad que enfrenta la población ucraniana, atrapada entre el deseo de vivir y la amenaza constante de la guerra.
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