Durante una época excesivamente larga se puso de moda en los festivales el cine iraní. He conocido demasiadas e insoportables modas, pero lamentablemente he sido inmune a los irresistibles encantos que al parecer atesoran. Por supuesto, creo que pueden aparecer películas y directores excelentes en cualquier cinematografía del mundo, pero no puedo creerme que unas señas de identidad garanticen la calidad general. La presencia obligada del cine persa en los festivales con pretensiones de grandeza, incluso sin ella, me proporcionó muchas horas de somnolencia en la butaca. Incluida gran parte de la filmografía de Abbas Kiarostami, señor al que habían elevado a los altares más sagrados.
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Pero como uno puede ser miope, aunque no absolutamente lerdo, siempre he reconocido la originalidad y la excelencia en el caso del director iraní Asghar Farhadi. Me deslumbró su capacidad para retratar con verdad el anverso y reverso de los seres humanos, las razones de todos para actuar como lo hacen en situaciones conflictivas, la complejidad de los sentimientos, las zonas intercambiables de luz y de sombra, en la extraordinaria Nader y Simin, una separación, película que guardo con celo en mi filmoteca casera y que me provoca sensaciones impagables cada vez que la reviso. El cine que hace este hombre, en sus aciertos y en sus desfallecimientos, siempre me interesa, me hace pensar y dudar, incluidas sus venturosas incursiones en el cine español y en el cine francés. Se titulan Todos lo saben y El pasado.


