El 4 de febrero de 2026, en un evento celebrado en el Museo Nacional de Antropología, la presidenta Claudia Sheinbaum enfrentó un panorama que refleja la complejidad de liderar un país que busca avanzar, especialmente en el ámbito tecnológico. En medio de su agenda, que incluye negociaciones con líderes internacionales y desafíos internos, se evidencia la necesidad de establecer un camino claro hacia la innovación y el desarrollo.
En su discurso, Sheinbaum reafirmó su intención de convertir a México en una “potencia científica”. La mención del proyecto Kutsari, enfocado en crear semiconductores nacionales, resuena como un paso esencial hacia la soberanía tecnológica del país. Este enfoque no solo busca evitar depender de potencias externas, sino también fortalecer la infraestructura esencial para el manejo de datos.
Sin embargo, la presidenta enfrenta retos significativos. La jornada se volvió un reflejo de la fragmentación que vive el país: desde conversaciones con legisladores hasta interacciones con líderes globales como Donald Trump. Las dinámicas políticas y la falta de apoyo técnico en su equipo fueron evidentes, lo que plantea interrogantes sobre la viabilidad de implementar proyectos ambiciosos.
En el anuncio de la fecha, se destacaron varios compromisos, como créditos de hasta 20 millones de pesos para sectores prioritarios, y una inversión de 7 mil millones de pesos destinada a mujeres empresarias y micronegocios. A pesar de estas iniciativas, lo que se reveló sobre la creación de la Impulsora Nacional de Innovación no prometía ser un cambio radical, ya que los mil 600 millones de pesos para capital de riesgo son insuficientes cuando se comparan con la magnitud de inversiones realizadas por otras naciones, como los 138 mil millones de dólares que China invirtió en un proyecto similar.
Un análisis más profundo de las cifras muestra que la inversión del gobierno mexicano en innovación representa apenas el 0.005294 por ciento del PIB nacional. Para poner esto en perspectiva, el gasto de China en un área comparable sería aproximadamente 133 veces mayor en términos relativos. Además, se observa que la inversión privada en “venture capital” en México, que alcanzó 729 millones de dólares en 2025, aún queda corta frente a las expectativas de un país en busca de transformación.
La reunión del 4 de febrero también trajo a la luz la necesidad de un enfoque renovado para atraer inversiones en México. A medida que se presentó un Consejo de Promoción de Inversiones exclusivamente formado por mujeres empresarias, se reafirmó la urgencia de incentivar un ecosistema que fomente el emprendimiento y la inversión en el país. Este enfoque inclusivo se presenta como una respuesta a las carencias evidentes en la mayoría de los planes estratégicos.
En este contexto, los desafíos son evidentes. La escasez de inversiones ambiciosas y los problemas de implementación representan obstáculos significativos. No obstante, existen oportunidades para aquellos dispuestos a romper con la inercia y atreverse a innovar. Una pregunta persiste: ¿será posible que México encuentre su camino hacia una verdadera revolución tecnológica y científica en un mundo que demanda respuestas audaces y efectivas? Solo el tiempo lo dirá.
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