La violencia escolar, en particular el acoso por apariencia física, ha sido revelada como una problemática alarmante en el ámbito educativo. En un reciente censo llevado a cabo por una fundación dedicada a abordar este fenómeno, se obtuvieron datos de más de 45,000 estudiantes de 298 escuelas secundarias y de bachillerato en ocho entidades del país. Los resultados evidencian que el acoso por características físicas es una forma persistente y profunda de violencia escolar, mientras que el apoyo institucional para combatirlo sigue siendo insuficiente.
Reyna Monjaraz Gutiérrez, directora general de la fundación, explica que el bullying se manifiesta con frecuencia a través de la exclusión. En el entorno escolar, la apariencia física se vuelve un aspecto crítico en la búsqueda de pertenencia a grupos sociales, lo que puede llevar a los jóvenes a enfrentarse a dolorosos estigmas. Si un estudiante no cumple con ciertas características, como el tipo de ropa o el aspecto físico, puede ser marginado por sus compañeros, una dinámica que refuerza estereotipos negativos y normaliza la violencia.
Los resultados del censo son preocupantes: el 28.6% de los estudiantes han experimentado bullying relacionado con su apariencia. Alarmantemente, el 60.9% de estos incidentes ocurren dentro del aula, un espacio que debería ser seguro. Un 21.6% de los encuestados reportó haber dejado de asistir a clases por este motivo, y solo el 15.6% recibió apoyo por parte de la institución educativa. Los testimonios de los estudiantes revelan un espectro de agresiones normalizadas, desde comentarios sobre el peso y el color de piel hasta críticas por la forma de vestir y la orientación sexual.
Monjaraz Gutiérrez enfatiza que el bullying en las aulas refleja una crisis de violencia en espacios que antes se consideraban seguros. Este fenómeno ha desplazado la violencia a contextos visibles, lo que sugiere una erosión en el respeto hacia la autoridad adulta. Es un indicativo de que se ha perdido la capacidad de los adultos para intervenir y proteger a los jóvenes.
La fundación promueve la necesidad de un enfoque más robusto para abordar esta crisis. Proponen un método de certificación que busca capacitar a docentes en la identificación y prevención del acoso escolar. Esta estrategia se alinea con los estatutos emitidos por la Secretaría de Educación Pública (SEP) en 2025, que priorizan la promoción de una cultura de paz. Los componentes clave incluyen formación para identificar señales de acoso, talleres socioemocionales para estudiantes y familias, y círculos de paz que fomenten un diálogo constructivo.
Además, Monjaraz Gutiérrez resalta la importancia del papel de los padres en combatir el bullying. Un entorno familiar donde se satisfacen las necesidades afectivas puede prevenir comportamientos agresivos en los jóvenes. La colaboración entre padres y docentes es vital; cuando los estudiantes sienten que cuentan con el respaldo de adultos, la probabilidad de conductas violentas disminuye.
Con cifras contundentes y una alarmante prevalencia del bullying, es fundamental que tanto instituciones educativas como familias tomen acción concreta. Las cifras hablan por sí solas: el 60.9% de los casos de bullying ocurre en el aula, un 28.6% de los estudiantes se ve afectado por su apariencia física, y sólo el 15.6% recibe apoyo. La atención a este fenómeno debe ser integral y continua para forjar espacios de aprendizaje más seguros y respetuosos, donde cada estudiante se sienta valorado.
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