Christian Horner, director de Red Bull Racing durante veinte años y figura clave en la era más exitosa del equipo en la Fórmula 1, fue despedido de forma sorpresiva y en total reserva por decisión de los máximos responsables del grupo Red Bull. La noticia, sin filtraciones ni rumores previos en el paddock, le fue comunicada en persona durante una reunión privada en Londres.
El despido fue ejecutado el martes 15 de julio, en una suite de lujo, donde Horner se reunió con Helmut Marko, asesor principal de Red Bull en automovilismo, y Oliver Mintzlaff, responsable deportivo del holding. Según el diario alemán Bild, el británico quedó completamente desconcertado ante la decisión, que no esperaba ni por el contenido ni por la forma.
Aunque Horner fue apartado sin aviso previo, la decisión se venía gestando en silencio desde finales de junio. Fue impulsada por Mintzlaff durante el Gran Premio de Austria, quien planteó a los propietarios del consorcio, Chalerm Yoovidhya y Mark Mateschitz, la necesidad de realizar cambios estructurales. Marko respaldó esa postura. El lunes previo al despido, los cuatro mantuvieron una videollamada donde Mintzlaff obtuvo luz verde para actuar.
El despido de Horner representa el fin de una era. Bajo su liderazgo, Red Bull ganó múltiples campeonatos mundiales con Sebastian Vettel y Max Verstappen, consolidándose como una potencia en la Fórmula 1. Sin embargo, una serie de tensiones internas aceleraron su salida: conflictos con Marko, una investigación por conducta inapropiada —de la que fue absuelto—, una creciente acumulación de poder dentro del equipo y un deterioro en su relación con los dueños.
Un gesto simbólico precedió a la ruptura definitiva. Horner organizó recientemente un tradicional evento de tiro al plato en su finca cerca de Oxford. Aunque invitó a figuras clave como Yoovidhya y Verstappen, ninguno asistió. Para Bild, fue una señal silenciosa de distanciamiento emocional que preludió el desenlace.
La salida de Horner no solo sacude a Red Bull, sino que refleja un proceso de reconfiguración interna en el que incluso las figuras más emblemáticas pueden ser desplazadas sin contemplaciones. El episodio confirma que, en la cima de la Fórmula 1, las decisiones más trascendentales pueden tomarse lejos del circuito, sin cámaras, sin ruido y con una precisión implacable.
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