Recientemente, el presidente Donald Trump ha revertido lo que parecía ser una decisión firme, lo que representa una buena noticia para Irán y pone de manifiesto una debilidad subyacente en la narrativa sobre el fin de su civilización. Sin embargo, este giro nos invita a regresar a un tema crucial para México: la oportunidad que se presenta ante el país.
México se encuentra en una coyuntura histórica que obliga a una reflexión profunda. Es esencial que la presidenta solicite más crédito en nombre del gobierno. No es grave endeudarse, lo problemático es que hasta ahora no hemos gestionado esa deuda de forma adecuada. La falta de apertura al capital privado y la ausencia de inversiones estratégicas son factores que han conducido al estancamiento económico, afectando las ventas y, en consecuencia, la capacidad de los empleadores para incrementar los salarios.
A través de diversas conversaciones, he recibido testimonios de quienes vivieron su juventud en los años setenta, una época marcada por la prosperidad en áreas como Las Lomas y el Pedregal, que luego dio paso a décadas de mediocre crecimiento. Se percibe una preocupación sobre el incremento de la deuda gubernamental en los últimos siete años, y aunque entiendo sus temores, es importante recordar que la corrupción y el derroche de recursos también son grandes obstáculos.
Soy consciente de que nací en el período del sexenio de José López Portillo, un tiempo en que los cambios económicos eran tan abruptos que uno podría regresar a casa simplemente porque el precio de la leche variaba de un día para otro. Respeto las vivencias de quienes han atravesado estas realidades.
Hoy, el reacomodo global presenta a México una oportunidad extraordinaria. Este cambio solo se podrá capitalizar a través de inversiones en infraestructura, tecnología y capacitación. Los recursos deben provenir de la iniciativa privada o de créditos que, aunque ahora parecen excesivos, son necesarios para fomentar un crecimiento real. Es fundamental evitar tocar las pensiones, ya que esto podría desestabilizar a la clase media, pilar del funcionamiento económico del país.
La oportunidad a la que me refiero está estrechamente relacionada con la reorganización productiva que está viviendo Norteamérica. El viejo modelo de globalización, en el que Estados Unidos sacrificó parte de su capacidad industrial, ha quedado obsoleto. Lo que presenciamos actualmente —con el avance de la inteligencia artificial— no es el fin de la manufactura, sino una reconfiguración que privilegia el consumo y la producción más cerca, en lugares geográficamente seguros e integrados.
En este nuevo contexto, Norteamérica presenta ventajas que son difíciles de replicar. Estados Unidos mantiene un sólido mercado interno, mientras que Canadá y México aportan recursos humanos y materiales. La sinergia de estos países puede resultar en una producción regional robusta, menos dependiente de cadenas de suministro largas y vulnerables.
Para la presidenta Claudia Sheinbaum, este es un momento crítico que exige una ambición estratégica, no una mera prudencia administrativa. Es vital apoyar a los inversionistas y considerar la posibilidad de realizar inversiones directas mediante deuda.
Ser proactiva no implica desestabilizar el equilibrio macroeconómico; al contrario, significa poner en marcha un ambicioso proyecto que contemple infraestructura, energía, agua, seguridad, logística y capacitación técnica en las regiones que aún están rezagadas en el desarrollo nacional.
En este contexto, el problema no radica en la cantidad de deuda, sino en la calidad del gasto. Es imperativo que la presidenta supervise cada peso invertido y tome medidas drásticas contra la corrupción, mostrando claramente que hay consecuencias. Pero es vital gastar en áreas estratégicas, como energía y tecnología, fomentando la creación de centros de investigación y desarrollo.
Como parte de este análisis, es recomendable leer “The End of the World Is Just the Beginning” de Peter Zeihan, que ofrece perspectivas valiosas sobre la situación actual. Es tiempo de actuar, presidenta, y no quedarnos a medio camino. Esta es la oportunidad de México, y cada decisión contará para el futuro económico del país.
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