Desde pequeños, aprendemos que los dulces y golosinas son enemigos de nuestros dientes, debido a su capacidad para desencadenar caries. Esta afirmación, respaldada por mucho tiempo de estudio, adquiere nueva profundidad con la identificación de un factor menos discutido, pero igualmente pernicioso: los alimentos ultraprocesados. Actualmente, se ha reconocido que estos alimentos están alimentando la epidemia de caries a nivel mundial.
Los ultraprocesados son aquellos alimentos que han sido modificados a través de procesos industriales de tal manera que alteran su forma natural. Esta clasificación, avalada por el sistema NOVA, destaca cómo estos productos tienen un alto contenido en sal, azúcar y grasas saturadas. Además, son tratados con aditivos como conservantes y saborizantes. Tal composición los convierte en una especie de festín para las bacterias bucales, que convierten los azúcares presentes en estos productos en ácidos destructivos.
Una disminución en el pH oral, por debajo de 5.5, inicia un proceso de desmineralización en los dientes, dejándolos vulnerables a la caries. Este fenómeno es particularmente preocupante en las generaciones más jóvenes, ya que el habitual consumo de ultraprocesados desplaza a alimentos más nutritivos, como frutas y verduras ricas en fibra, esenciales para la salud dental.
Curiosamente, los alimentos pegajosos tienden a ser más perjudiciales. Cuanto más se adhieran a nuestros dientes, mayor será el tiempo en que las bacterias pueden actuar, lo que agrava el riesgo de desarrollo de caries. El cepillado adecuado y el uso de hilo dental son esenciales en la prevención, pero su efectividad se ve disminuida si la dieta incluye constantemente este tipo de alimentos.
Investigaciones en países como Brasil y Estados Unidos han revelado que los niños que consumen un mayor número de ultraprocesados tienen una prevalencia más alta de caries y una alimentación de menor calidad. En México, un alarmante 59 % de los niños en edad escolar presenta caries, lo cual pone de manifiesto la gravedad del problema y resalta un preocupante creciente en el consumo de estos alimentos, con efectos devastadores en la salud pública, especialmente entre poblaciones vulnerables.
La preferencia por ultraprocesados no solo es un desafío de salud; está relacionado con cuestiones socioeconómicas. En comunidades indígenas y de bajos recursos, estos alimentos a menudo sustituyen la dieta tradicional rica en maíz, legumbres y vegetales. La inserción de las mujeres en el mercado laboral también ha influido en esta tendencia, propiciando un aumento en la demanda de alimentos que son percibidos como más accesibles y convenientes.
Más allá de la salud bucal, el consumo habitual de alimentos ultraprocesados está vinculado al aumento del sobrepeso, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares, que son responsables de un importante gasto tanto para las familias como para el sistema de salud. En un análisis de los gastos familiares en México, se reveló un incremento del 20.5 % en el consumo de ultraprocesados entre 2006 y 2022, mientras que el gasto en alimentos no procesados apenas creció un 0.5 %. Este patrón no solo agrava la situación de pobreza, sino que también perpetúa innecesarios problemas de salud pública.
La urgencia en revertir estas tendencias es cada vez más evidente. La lucha contra el consumo excesivo de alimentos ultraprocesados representa un desafío multifacético que compromete no solo la salud bucal, sino también la identidad cultural y la economía familiar. La prevención resulta más eficaz y económica que el tratamiento, motivo por el cual es esencial fomentar hábitos alimenticios saludables desde la infancia para abordar de manera efectiva esta epidemia.
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