Cada 2 de febrero, México se viste de festividad con la celebración del Día de la Candelaria, una de las tradiciones más profundas y significativas del país. Este día, para la Iglesia católica, marca la Purificación de la Virgen María y la Presentación de Jesús en el Templo, un evento que rememora la antigua práctica de la Ley de Moisés, que requería a los padres presentar a su hijo en el templo 40 días después de su nacimiento.
Los mexicanos asisten a procesiones y misas, llevando consigo cirios bendecidos que simbolizan la luz que purifica y guía. Esta festividad, también conocida como la fiesta de las velas o candelas, ha sido celebrada desde el siglo XVI, fusionándose con costumbres locales y culturales que la enriquecen, colocándola como la segunda celebración mariana más importante después del 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe. En comunidades indígenas, el carácter religioso de la festividad permanece vivo y vibrante.
Los orígenes del Día de la Candelaria se remontan a rituales europeos que celebraban la luz a inicios de febrero, marcando el final del invierno y la llegada de la primavera. En España, la devoción a la Virgen de la Candelaria floreció tras su aparición en Tenerife en 1392, y fue traída a América durante la colonización en el siglo XVI. En México, las órdenes religiosas adaptaron estas prácticas al entorno local, fusionando elementos indígenas y festividades prehispánicas, derrochando así un sincretismo que la hace única.
Dentro de las tradiciones, destaca la figura del Niño Dios, a la que muchas familias visten con delicadas ropas y colocan en altares en sus hogares. Esta costumbre, que se originó en conventos femeninos durante el siglo XVIII, se ha extendido al ámbito popular, convirtiéndose en un símbolo integral de la celebración. A menudo, quienes encontraron la figura en la Rosca de Reyes el 6 de enero son responsables de ofrecer tamales y atole en la Candelaria, reforzando así los lazos familiares y comunitarios.
El Día de la Candelaria incluye una rica variedad de costumbres que reflejan la diversidad cultural de México. Desde la bendición de velas y figuras religiosas en casas e iglesias, hasta la preparación y consumo de tamales y atole, la festividad es un verdadero mosaico de tradiciones. Las familias se dedican a vestir al Niño Dios con esmero, muchas veces utilizando telas confeccionadas a mano. Las procesiones suelen estar llenas de fervor, en las que los fieles portan cirios encendidos como símbolo de purificación y esperanza. Esta festividad, sin duda, es un reflejo de la riqueza cultural y espiritual que caracteriza al pueblo mexicano, y cada región aporta un toque único a la celebración, convirtiéndola en un evento de gran magnitud y relevancia social.
Así, el Día de la Candelaria se erige no solo como una fecha en el calendario, sino como una radiografía de la identidad mexicana, en donde la fe, la tradición y la comunidad se entrelazan en un abrazo luminoso y festivo.
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