El 11 de febrero celebramos el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, una fecha proclamada por la ONU con el objetivo de visibilizar la intrincada participación de las mujeres en el ámbito STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) y fomentar la igualdad de oportunidades. A pesar de estas iniciativas, la realidad en México revela que solo el 13.5% de las mujeres en educación superior se dedican a carreras relacionadas con la ciencia y la tecnología. En campos como la ingeniería mecánica o civil, apenas 1 de cada 10 estudiantes es mujer, reflejando que su participación sigue siendo alarmantemente baja.
Una de las organizaciones que busca revertir esta situación es Epic Queen, una startup social que se dedica a empoderar a niñas y jóvenes para que encuentren en la ciencia un camino accesible y emocionante. La cofundadora, Ana Karen Ramírez, enfatiza que es fundamental que la ciencia sea parte de la vida cotidiana y no solo una efeméride en el calendario. A través de talleres y eventos, Epic Queen ha logrado impartir 238 actividades que han alcanzado a más de 70,000 mujeres y niñas, ofreciendo una experiencia educativa que enriquece sus habilidades tecnológicas y desarrolla su curiosidad.
El relato de niños como Alma Zazil, de seis años, ejemplifica la falta de referentes en la ciencia. Aunque disfruta de las matemáticas, no imagina su futuro en el ámbito científico; y esto es un claro indicativo de la necesidad de exposiciones tempranas en este campo. Epic Queen se esfuerza por abrir un abanico de oportunidades a través de cursos y talleres diseñados para inspirar a las niñas hacia las ciencias.
Los retos son evidentes: el mercado laboral y la investigación aún muestran una notable inequidad de género. Las mujeres en STEM ganan, en promedio, 82 pesos por cada 100 pesos que recibe un hombre, y constituyen menos del 40% de los miembros del Sistema Nacional de Investigadores en el país. Estos números reflejan el futuro incierto que enfrentan las nuevas generaciones si no se implementan iniciativas efectivas que fomenten su interés en estas disciplinas desde etapas tempranas.
Para abordar esta situación, Ramírez sugiere varias estrategias, desde la creación de contenido educativo que haga de la ciencia una herramienta de comprensión del mundo, hasta la importancia de tener comunidades de apoyo donde las niñas puedan celebrar sus logros. La exposición constante a experiencias prácticas, la incorporación de modelos a seguir y una cultura científica en el hogar y en la escuela son fundamentales para derribar los estigmas de género que aún prevalecen.
Los casos de inspiradoras figuras femeninas en la ciencia pueden ser diferenciadores clave en la vida de las jóvenes. Renata Xereni, de ocho años, sueña con ser artista, admirando a Frida Kahlo; sin embargo, también podría beneficiarse de un referente científico que le abra caminos en la investigación. Ana Karen Ramírez concluye con un mensaje alentador: la curiosidad es el superpoder de cada niña. La ciencia y la tecnología son campos donde pueden brillar, y cada pregunta, cada experimento, es un paso hacia el cambio.
Con estos esfuerzos combinados, el futuro puede ser prometedor, donde las niñas no solo se imaginan en el arte, sino también como innovadoras, científicas y líderes en el mundo del conocimiento. La transformación comienza hoy, con cada conversación y cada evento que inspire a la próxima generación.
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